LUCAS MARTÍN
Supongo que es a la hora del desayuno, en pijama, después de un sueño almidonado y profundo, preferentemente en forma de toga de Nerón, de balconada a parterres sin límite. El concejal, ¿o era el ministro?, el delegado, el agente de la propiedad percibe un escalofrío en las sienes, se palpa, se azora, nota una espesura de baba de caracol en el pecho, cree que es una idea, una corriente, sujeto no identificado, la mide y le canta, sí, debe ser eso, una idea, vieja exiliada, amiga querida. Luego la masca y la escupe y surgen sus conocidas consecuencias: las plazas renacentistas se pueblan de leones de alquitrán, los palacios pierden su esqueleto, hoteles de hierro y cristal se oponen a fachadas barrocas, los frisos se confunden con los ascensores, con los áticos new age. Lo mejor que le puede ocurrir al patrimonio es que desaparezcan los responsables de urbanismo. Porque no son sólo ellos, están sus cabezas encorbatadas, sus amigos, el prurito infeliz de pasar a la historia, de infatuarse y creerse Napoleón III, don Andrés de Vandelvira. Llega un momento en la vida de todo político que observa a su alrededor y se siente deshabitado y gris, que las zanjas le parecen vulgares, de una hondura primitiva. Entonces, decide mirar más alto, deja atrás las recomendaciones de la Unesco, el riesgo de intervenir en el patrimonio para otra cosa que no sea su conservación. Como si esto fuera Alemania, como si no hubiera razones (y precedentes) para tener miedo.