Manuel Jiménez Friaza
El otro día vi con el rabillo del ojo, al pasar por delante de un televisor (ya mantiene uno una relación así con la tele, muy esquinada, como con un vecino del que sabemos que es un cotilla nada de fiar y al que saludamos apenas musitando los buenos días sin mirarlo a la cara) a Gaspar Llamazares bajando de la tribuna del Congreso, con el rostro contraído en un rictus de seriedad y enfado más acentuado de lo que, por lo común, es habitual en él. No me extrañó al pronto, porque los diputados comunistas españoles siempre han sido tremendamente serios, sobrios en el vestir y con un empaque retórico muy característico entre la dignidad y la altanería.
Por otro lado, me sentí solidario de esa seriedad –a muchos españoles se nos está poniendo una mala cara parecida– porque debe provocarla el contacto cotidiano con este parlamentarismo nuestro, como una urticaria. Nuestros congresistas oscilan entre las pataletas, gritos y abucheos dignos de la tradicional claque de los teatros, los desahogos versallescos en los históricos pasillos y la somnolencia absentista de las sesiones de trámite... Hasta que, tras detenerme unos instantes delante de la televisión, comprendí los motivos concretos de la enfática adustez del diputado de la izquierda ese día.
Al parecer, tras haberse congratulado de la liberación de los 36 pescadores del Alakrana y de felicitar al gobierno por haber atinado en lo fundamental –rescatar salvos a todos los trabajadores del barco–, Llamazares había dejado caer un "se han ido de rositas" referido a los armadores del ya famoso buque atunero. Si Llamazares sigue tirando de ese hilo, como pareció dar a entender, lo mismo me vuelvo a aficionar a las crónicas parlamentarias. Porque, en efecto, como el mismo diputado dijo en los pasillos del Congreso: "parece que aquí no hay empresarios". Y así es, en efecto, y hemos de agradecer, por simple amor de la verdad, que la solitaria voz de este diputado así lo haya constatado, en contrapunto al maniqueísmo y flojera de ideas reinante entre nosotros.
En una fase más temprana del larguísimo secuestro, el consejo de administración de Echebaster Fleet, el armador del Alakrana, llegó a "exigir" a los partidos políticos, la Justicia y el Gobierno españoles –nada menos– la salida inmediata de los dos somalíes detenidos –para otro día dejamos la frescura, naturalidad e inmediatez con que nuestro empresariado exige sus cosas. En tanto que, en sentido contrario, salvo un análisis muy claro y claramente razonado en el diario ´Público´ y estos toques de atención del diputado de IU, apenas he leído ni escuchado nada. Las preguntas más inquietantes no se hacen en el debate público, a saber: ¿por qué estos muchimillonarios empresarios del mar envían sus enormes barcos-factoría a esa zona del Índico?, ¿por qué éste, en concreto, se alejó de la zona de seguridad a pesar de haber sido advertidos del peligro?, ¿por qué esa inflación de flotas pesqueras, a la rebatiña indiscriminada de atunes, en un mar territorial somalí, pero aguas de nadie de hecho, al no haber Armada ni estado que las vigile?
Cuando, como en este caso –pero en muchos o todos–, se desgaja el hecho narrado que es la noticia de su contexto, de su contorno, que en el periodismo es la interpretación de las causas y consecuencias, no se informa sobre la realidad: se la crea y construye. El decorado con que se ha representado esta vez, lo ha reducido todo –sobre el fondo épico-infantil de unos desalmados piratas al abordaje de pacíficos mercantes– a una película de buenos y malos. Sólo que, en consonancia esto con el relativismo de nuestro tiempo, ni los buenos han podido ser del todo buenos ni a los malos les hemos podido ver siquiera la pinta, y el poquito de suspense, con la intervención de esas oscuras oficinas londinenses que han intemediado, no se nos ha contado más que como una insinuación al final del film. De los piratas, sin noticia, como es natural. Al menos nos queda el solitario y serio diputado Llamazares, que aún sabe navegar en el mar político mirando las estrellas.