Jesús Aguado Fernández
Ernest Shakelton, explorador irlandés, nunca consiguió, a pesar de intentarlo en varias ocasiones, alcanzar el Polo Sur. En una de sus expediciones a la Antártida, emprendida en 1914, su barco quedó apresado por los hielos y luego aplastado por éstos en el mar de Weddell. A Shackleton no le quedó más remedio que conducir a sus hombres, una treintena, por esos inhóspitos lugares. A lo largo de dos años vivieron múltiples peripecias peligrosísimas, pero pudieron regresar todos sanos y salvos. Consiguieron sobrevivir a las bajas temperaturas, al hambre, a mares salvajes y montañas de pesadilla, al desánimo, a osos y a fantasmas, y todo ello con los precarios instrumentos y vestimentas disponibles en la segunda década del siglo XX. Por ello Shackleton, un perdedor convertido en triunfador por la historia (y por la poesía, ya que T. S. Eliot le dedica unos versos de su famoso ´The waste land´), está considerado como un ejemplo de gestión en situaciones límite, razón por la que su biografía se estudia en universidades y en cursos de formación para dirigentes. En castellano hay abundante bibliografía sobre su gesta, así como de las impresionantes imágenes que tomó uno de los miembros de su grupo, el australiano Frank Hurley, un verdadero héroe de la fotografía, y una película, titulada ´Shackleton´ y protagonizada por Kenneth Branagh.
Unos arqueólogos de Nueva Zelanda, que descubrieron hace tres años dos cajas de whisky bajo uno de los refugios que construyeron Shackleton y sus hombres en su periplo por la Antártida, se disponen ahora, usando perforadoras especiales para no dañarlas, a recuperarlas. Durante unos meses, según los diarios conservados por varios miembros de la expedición, los exploradores pudieron arrastrar en algunos botes salvavidas cajas de comida y de bebidas, combustible para hacer fuego, libros, negativos y ropa de abrigo, pero al cabo del tiempo se les fue acabando casi todo y tuvieron que ir improvisando con lo escaso que les ofrecía ese paisaje desolado. La malta del whisky hallado (y con el que, según leemos, celebraban aniversarios, navidades y otras fiestas), de la muy escocesa marca MacKinlay, es, al parecer, resultado de una mezcla especial que los actuales propietarios de la destilería quieren analizar y recrear. No lo tendrán, sin embargo, fácil, ya que el tratado vigente para la conservación histórica firmado por los doce países que co-administran ese continente helado obligará a esos arqueólogos a devolver las cajas al lugar donde las encontraron después de que sean restauradas en Nueva Zelanda.
La tumba de Shackleton, que murió en 1922 de un paro cardíaco mientras estaba acodado en la borda de un navío contemplando las costas que tanto le habían hecho sufrir y que tanta y paradójica gloria le habían dado, se encuentra en Georgia del Sur y es visitada anualmente por centenares de admiradores. Supongo que, ahora que saben que, casi un siglo después, se han encontrado intactas esas dos cajas de botellas de whisky, alzarán un vaso de esta bebida mitológica en honor de un aventurero que demostró que para vencer no hace falta vencer, es decir, que para vencer (en la vida, en los sueños, en cualquier profesión, en el amor) sólo hace falta gestionar con sentido común, fuerza de voluntad, capacidad de seducción, flexibilidad e inteligencia las múltiples circunstancias adversas que uno va encontrando en su camino. Shackleton no holló nunca el Polo Sur (el primero, dos años después, fue Roald Admusen), pero llegó mucho más lejos: al secreto de la existencia. ¿Se merece o no se merece eso un brindis con buen whisky on the rocks?