Sobre la crianza de bebés y niños y salud de la sociedad
No sé si ha sido casualidad, pero estas semanas lo he leído en diversas publicaciones. Pues bien, hagamos un poquito de autocrítica los que ya estábamos aquí cuando esos “jóvenes” nacieron: los que ya llevábamos un bagaje de malicia, de egoísmo, de horarios estrictos en pro de la superproductividad que marcan las juntas de accionistas, de hacer del acto de tener hijos algo inconsciente y egoísta.
Esos jóvenes carentes, es cierto, de todo tipo de valores, han nacido y han vivido la infancia más hostil y sórdida en muchos milenios desde que existe la humanidad. Desde que somos bípedos el homo sapiens nace “prematuro” en comparación con otros animales debido al tamaño de su cabeza. Esto provoca que durante meses necesitemos perentoriamente estar lo más cerca posible del pecho de nuestras madres y que nos acudan cuándo lo requiramos, esto ayuda a que en los circuitos neuronales, que no terminan de mielinizarse hasta las edad de los dos años, se haga el recorrido “correcto” (explicado grosso modo) ante situaciones de estrés, esto es, estemos apegados y emocionalmente sanos para ser adultos tranquilos y desapegados en el futuro. Pues bien, esos “jóvenes” has sido criados con biberón, no cogidos y dejados solos cuando lloran, porque tenían que “aprender” a dormir (los bebés tiene un ritmo de sueño distinto!), cuidados en guarderías desde los tres meses, llevados en carritos, jugado en parques de plástico, sentados horas y horas en tronas si un ápice de contacto físico…Eso sí, esos agujeros irreversibles han sido correctamente parcheados con mucha televisión y compras, muchas compras.
¿Esperan cambiar así la sociedad?
Patricia Soto
Madrid
El país de Alí Babá
Desencanto, impotencia, rabia; se puede respirar en las calles, en los bares, en los lugares de trabajo (aquellos que aún lo mantenemos). Asimismo, atónitos, a una muerte anunciada que ve desgranando cadáveres, día sí y día también. Se sabía, se veía, se olía que algo no andaba bien, que detrás del ‘estado de bienestar’ la mafia campaba a sus anchas disfrazada de traje de chaqueta, de personas sospechosamente impecables, que viajaban en coches de lujo, y nos miraba con la conmiseración que mira el verdugo a la oveja que va a ser inmolada. Ni las advertencias del Parlamento Europeo, ni sus alarmantes informes y el consiguiente tirón de orejas al Gobierno español, sirvió para poner a este en alerta, ni sirvió para quitarse la venda y afrontar con valentía el hedor de tanta corrupción. Y resulta que, ahora, en el peor momento, cuando muchos ciudadanos esperan desesperadamente que algo o alguien les saque de su crítica situación, que no pueden dormir, que se sienten avergonzados, y apenas se atreven a reconocer su situación y pedir ayuda a sus familias para poder comer, que no pueden pagar tanta deuda contraía con la sociedad de mercado y su especial esbirro, la Banca; estos ciudadanos asisten a este desfile de ladrones sonrientes que afirman y vocean con insistencia su más que improbable inocencia. Sin embargo, hemos salvado a la banca de su agonía, le hemos hecho una transfusión forzosa con la sangre que a nosotros nos falta. Esa banca que, pasa lo que pase, no está dispuesta a disminuir ni un ápice sus pingües beneficios, aunque sus víctimas se desangren. Entretanto, pocos hablan de otra víctima silenciosa: el territorio depredado, desertizado, asfixiado por el cemento de la avaricia. El dinero suatraído no aparece (y era de esperar), porque estos ejecutores del territorio guardan el usufructo de sus cadáveres de cemento en paraísos fiscales. El dinero probablemente no aparecerá, las huellas de su desenfrenada codicia está a la vista de todos. Pero ¿sabemos verlo? ¿Somos capaces de darnos cuenta de la dimensión de esta catástrofe? ¿Vamos a continuar haciendo lo mismo? Hay demasiados culpables: los directos, los silenciados, los que miraban para otra parte, los que no quieren problemas, los que se resignan porque no se puede hacer nada contra el poder, los que se niegan a saber lo que pasa, los que se conforman con las migajas que caen... La inanición, la pasividad, el estado de bienestar, anclado en el consumo desenfrenado de cosas inútiles, aprieta sus cuerdas alrededor de nuestras gargantas.
Virginia Téllez Rico
Málaga
La Iglesia sí ayuda
Querida Josefa en su carta al director titulada ‘Aborto, ¿sí no?’, que figura en La Opinión de Málaga, del día 16, se pregunta usted por qué no ayuda la Iglesia a la mujer embarazada. Le diré que ayuda a la que ha abortado siempre que acude a un sacerdote; y a la que está embarazada y desea seguir adelante. Soy sacerdote y he tenido la oportunidad de hacerlo en ambos casos, y lo he hecho con el mayor respeto y afecto, igual que la mayoría de mis compañeros sacerdotes. Pero ello no impide que luego recordemos los principios: que el aborto consiste en acabar violentamente con una vida humana indefensa, y que jamás se puede convertir en un derecho.
Con todo mi respeto y afecto
Juan Antonio Paredes, Sacerdote
Málaga