Sistema financiero: regreso al pasado para volver al futuro

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José M. Domínguez Martínez* La integración de los mercados y la utilización de nuevos instrumentos financieros desempeñaron un papel relevante en el período de expansión económica mundial vivido hasta más allá de la mitad de la presente década. Sin embargo, debido a la falta de control y a una inadecuada evaluación de los verdaderos riesgos de los activos subyacentes (las deudas originarias, de las que se derivan los rendimientos y constituyen la última garantía) en la cadena de transmisión financiera (titulización), los títulos llevaban ocultos, a modo de caballo de Troya, un germen de efectos nocivos.
La complejidad de los contratos, la falta de transparencia y el fallo en el funcionamiento de los incentivos de los distintos agentes que intervenían en todo el proceso (bancos que vendían sus créditos, ´brokers´, agencias de ´rating´...) posibilitaron que se comercializaran sin las debidas cautelas títulos cuya solvencia dependía en última instancia de la capacidad de pago asociada a las denominadas hipotecas ´subprime´ o de alto riesgo. El derrumbe de este mercado en Estados Unidos, en el verano de 2007, fue el detonante de una crisis financiera que cogió por sorpresa a todo el mundo, acelerando la explosión de que la ha sido calificada por Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, como "la madre de todas las burbujas inmobiliarias globales".
Para aquellos que aún albergaban algunas dudas, la histeria y el pánico desatados vinieron a corroborar, definitivamemte, que no se había producido el fin de la historia de los ciclos económicos, ilustrando, de manera dramática, las terribles consecuencias de quedar atrapados en un ´círculo vicioso´ entre la actividad financiera y la actividad económica real.
Bastante antes de vislumbrar la aparición de la crisis económica y financiera internacional, las entidades bancarias estaban abocadas a afrontar un conjunto de importantes retos en diferentes frentes (aparición de nuevos competidores a través de distintos canales como Internet, adaptación a la nueva regulación internacional asociada al denominado acuerdo de Basilea II, al espacio financiero europeo, a las nuevas pautas del gobierno corporativo, a un entorno económico, social y demográfico cambiante...). La irrupción de la crisis financiera ha actuado como una verdadera bomba que ha elevado exponencialmente la magnitud de tales retos, ha aportado el certificado de defunción del modelo bancario seguido en los últimos años y ha acelerado el proceso de recomposición hacia otro distinto, que retoma rasgos clásicos, el denominado modelo bancario ´neoclásico´.
Así, actualmente nos encontramos en una fase de transición desde una situación de abundancia de liquidez a otra de restricciones de fondos; de una tendencia al sobreendeudamiento de familias y empresas, a otra de endeudamiento sostenible; de una escasa o nula aversión al riesgo, a otra de apreciación del riesgo incurrido; de un esquema donde no se concedía importancia a perder la relación entre el prestamista inicial y el préstamo concedido, a otro donde se considera fundamental tener pleno control de las transmisiones de riesgos; de un panorama en el que alegremente se expandían las redes bancarias, desafiando en ocasiones cualquier lógica económica, a otro de repliegue de redes y de búsqueda de una mayor racionalidad operativa; de un escenario donde no importaban mucho los márgenes de las operaciones, ya que podían compensarse con una mayor actividad de préstamos, a otro donde no es tan fácil buscar alternativas para el estrechamiento de los márgenes financieros; de una etapa donde la morosidad estaba en mínimos históricos, a otra en la que, como reflejo del deterioro de la situación económica y del empleo, los impagos se han multiplicado...
Las anteriores circunstancias implican -como manifestación más evidente de que el ejercicio de la actividad bancaria se ha hecho mucho más exigente y requiere algo más que simplemente ´abrir la tienda´ cada día (o ni siquiera esto)- que las cuentas de resultados de las entidades se ven sometidas a considerables presiones a la baja, alejando la opción de obtener cómodos beneficios por la mera inercia.
La situación presenta rasgos singulares en el caso español, ya que, a pesar de ocupar en Europa la primera posición en densidad bancaria, ésta ha seguido aumentando. A este respecto, el Fondo Monetario Internacional ha señalado que, mientras que en la UE-15 la población por oficina ha aumentado de 2.500 personas en 1997 a 2.700 en 2007, en España ha bajado a menos de 1.000. Aunque no hay que olvidar la diferencia en el tamaño medio de las oficinas, este mismo mes, el Banco de España concluía que "una lección importante que ha puesto de manifiesto la crisis financiera es que el sistema financiero ha generado un exceso de capacidad, situación que debe ser corregida para afrontar adecuadamente el medio plazo".
Para tener éxito en ese empeño, da la impresión de que las entidades bancarias tienen que olvidar definitivamente el paisaje atípico vivido en los últimos años (a tenor de innumerables testimonios, cabría decir que ´el país de las maravillas´ se ha convertido en ´el país del nunca jamás´) y recuperar las pautas dictadas tradicionalmente por la ortodoxia en la gestión financiera: adecuar la actividad en función de los ingresos recurrentes, controlar los costes, financieros y de explotación, y vigilar permanente y preactivamente la calidad de los activos. Aunque pueda antojarse un tanto paradójico, los intermediarios financieros están llamados a viajar al pasado para así poder retornar con garantías al futuro.

* Catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga

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