Lucas Martín
Desde la época de los Malraux y la caída de la utopía latinoamericana, pocos mundos se han vuelto tan antitéticos e irreconciliables como la política y la poesía. Hace tan sólo unas décadas, las diferencias eran más epidérmicas: los poetas llevaban boina, los concejales, corbata. Hoy alcanzan, incluso, a la palabra. Unos se desgañitan en un estilo más cercano a las cartas de Hacienda que a los discursos de Churchill y otros utilizan un vocabulario, al menos, en teoría, emparentado con el vino y las alondras. El lenguaje de la política es a la poesía lo que las canaletas a los tejados, aunque abundan las salvedades. El género en los últimos años no atraviesa su mejor etapa, se otorgan becas, se malvive en las diputaciones, la palabra se vuelve inofensiva, las antologías nacen muertas y con malentendidos cernudianos. A la política no le va mejor, pero lo suyo parece irremediable. Desde que se convirtió en una profesión, hay pocos profesionales que se sientan tentados a ejercerla en la primera plana, con la tibia excepción de los inspectores de trabajo, los abogados y, últimamente, los biólogos. Escritores resultan difícil de encontrar, a menos que se consulte la declaración de actividades de los señores diputados. Más de una treintena de ellos, según se ha sabido esta semana, afirma dedicarse a la creación literaria. Las Cortes ocultan una pléyade de nuevas voces por descubrir. Quizá por eso utilizan la crítica personal, la literatura, los egos, la hoguera de las vanidades.