Tramposos

Todo es corrupción, allá donde mires, desde los ayuntamientos y sus trapicheos urbanísticos hasta el deporte y sus sustancias para lograr metas no conocidas

 22:21  

Juan Gaitán Un síntoma inequívoco del declive de una sociedad es su nivel de corrupción. Una sociedad no puede valorarse sólo por su desarrollo económico, científico o tecnológico. Nada de eso tiene demasiado futuro si no va unido a un determinado concepto moral, a una norma que guíe los pasos, a unas mínimas reglas de juego respetadas por todos.
Pero no estamos, ni con mucho, en esa situación. Los tramposos han ganado por la mano y ahora todo es fraude, todo es corrupción, allá donde mires, desde los ayuntamientos y sus trapicheos urbanísticos hasta el deporte y sus sustancias para conseguir metas antes no conocidas.
Si nos paramos a pensar detenidamente lo insignificante que resulta, en realidad, que un tipo corra cien metros en una décima de segundo menos que su inmediato perseguidor, tal vez alcancemos a encontrar un mínimo de sentido a la estupidez de meterse en el cuerpo cualquier cosa que te haga conseguir esa décima de menos.
Sin embargo, sentimos admiración por los deportistas, seguimos sus hazañas, nos alegramos con sus triunfos, sufrimos con sus derrotas, celebramos sus logros como si fueran algo colectivo, como si fuesen un poco de todos. Son un espejo donde muchos se miran, un ejemplo a seguir. Por eso sufrimos una gran decepción cuando, de pronto, a un admirado atleta le encuentran sustancias dopantes en su casa, y por mucho que diga que no son suyas la cosa resulta demasiado sospechosa.
Si los valores que debería trasmitir el deporte son los del esfuerzo y la entrega, con casos como estos el mensaje que acaba llegando a la población, especialmente a los más jóvenes, es el de "todo vale" con tal de conseguir un objetivo. No gana la competición el más fuerte, el más rápido, el más hábil, sino el que tiene mejor farmacopea en su casa y un médico sin escrúpulos que se la facilite.
Hablo con conocimiento de causa. Soy un deportista perseverante, de los que entrenan cuatro días a la semana todo el año, y sé de lo que hablo. He visto a cientos de chavales inflarse como globos en tres meses buscando un determinado perfil físico, un aspecto que de otro modo no hubieran conseguido ni en años de esfuerzo y dedicación, sin pensar en los terroríficos efectos secundarios que tendrá sobre su salud, efectos que podrían llevarles, incluso, a una muerte temprana.
El deporte convertido en negocio, en la búsqueda de unas marcas determinadas a costa de lo que sea, acaba desvirtuándolo todo, haciendo que un futbolista de primerísimo nivel, admirado y seguido por miles de personas en el mundo, no tenga reparos en ayudarse de las manos para meter un gol o un ciclista se envenene la sangre para poder soportar la etapa reina del Tour. Pero no es eso, no es eso. En algún momento habrá que parar esta tonta carrera hacia la nada. El deporte entendido como una lucha contra los límites humanos es algo glorioso, pero tiene que estar limpio. Todo lo demás es puro cuento, trampa absurda, esfuerzo inútil.

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