MANUEL JIMÉNEZ FRIAZA
Es en ´A la búsqueda del tiempo perdido´ donde se lee que el dolor altera la percepción de la realidad más que el alcohol. En las páginas en que narrador (protagonista, antagonista y testigo) se desgarra tras la muerte de Albertine, están algunas de las más radicales y estremecedoras reflexiones sobre el sufrimiento que nos es dado leer. Más veloz que la luz, nos dice Proust que es su latigazo lacerante, y la más autista de las sensaciones. Su tía Léonie, se nos cuenta, no entendía por qué la medicina, que había avanzado tanto, no disponía aún de ningún aparato que trasmitiera el dolor del enfermo a su médico para que éste entendiera –sin la mediación de las palabras que nunca son capaces de explicarlo– el mal real de su paciente.
Seguramente por todo ello, por esa instantaneidad con que se comunica, se disimula y oculta de forma tan extremadamente cautelosa en nuestro mundo. No hay mejor manera de saber lo que es el hambre que mirando los ojos de un hombre hambriento, ni hay mayor conocimiento de la guerra que el que transmite el dolor que las heridas y mutilaciones produce en sus víctimas. Es por eso que aceleramos el paso si se nos acerca un mendigo pedigüeño, metemos la cabeza en el plato en los momentos –cada vez más escasos– más ´gore´ de los telediarios y es ésa la causa de que cámaras y periodistas ya no tengan acceso a los frentes bélicos.
Aquellas luces atenuadas y frías en el horizonte bombardeado, vistas desde el hotel de los periodistas en Bagdad –en una y otra guerra de los Bush– y transmitidas por todas las televisiones del mundo, son la luz crepuscular que alumbra en candilejas, con su llama azul de juego de videoconsola, el definitivo alejamiento de nuestra humanidad.
Nos han hecho creer que vivimos en un mundo mental y estático donde el tiempo se mide por los recibos del banco y nadie sufre ni padece sino por no poseer alguna nueva bisutería tecnológica. Un mundo en el que la enfermedad, la muerte y los entierros suceden y transcurren en el silencio opaco del cerco privado y en la discreción e invisibilidad más absolutas, salvo que se trate de la despedida histórica–histérica, seguida convenientemente por las cámaras, de algún famoso. A veces se acompañan del oropel de las tragedias ridículas o de sebastianismos posmodernos, como los de los negacionistas de la muerte de Elvis o los que ya auguran el próximo advenimiento de Michael Jackson.
Cómo entender, sino como cinismo embriagado –secuela monstruosa de la razón posmoderna–, que en un programa de la cadena televisiva ´Intereconomía´ –lo cuenta el diario ´Público´– se justificara el anatema papal contra el condón en África con referencias al clima (¿dónde encontrar allí una ambiente fresco? –se decía– pues tal lo recomiendan para sus productos los fabricantes de preservativos) o a las manos ásperas y callosas de los africanos como las menos indicadas para manipular con mimo tan delicado producto... Afirman las estadísticas que mueren seis mil habitantes de África cada día a causa del sida. El cortocircuito protector de nuestras democracias mercantiles impide que el dolor (las quejas, los llantos, las tristezas) de esas miles de vidas, junto a las de sus dolientes, no puedan viajar hasta nosotros a la velocidad del sufrimiento, mayor que la de luz al decir de Proust.
El cinismo y su hermana la frivolidad, anestesias conocidas, gobiernan este tiempo de dolor secuestrado que discurre a la velocidad irrisoria de lo que no se mueve: descubrimos, al cabo de los siglos, la rueda del tren como motor de un progreso sostenible en la nueva ley gubernamental, sin abandonar la ofrenda diaria de vidas al Moloch de las carreteras. Negociamos bolsitas virtuales de humo mientras se incendia la tierra por las cuatro esquinas y asistimos atónitos a la renovada combatividad de nuestros envejecidos y ex-millonarios cantautores contra los piratas de la internet, que, en el colmo de tan falsa causa, ni siquiera se bajan ya sus viejas canciones...