Lucas Martín
Los que tenemos la dicha de haber nacido en un pueblo y exhibir con orgullo las credenciales naturales que nos distinguen como hombres afables y bondadosos siempre hemos sentido una fascinación por dos profesiones que distan enormemente de asemejarse a las referencias altaneras de ciudad, vocacionalmente más entregadas, como todo el mundo sabe, al deseo y a la bohemia y a carreras como astronauta o capataz del rock and roll. En el interior, lo que goza de mayor predicamento, especialmente entre las suegras potenciales y los niños, es convertirte en médico o farmacéutico. Por más que se busque entre las piedras, no existe ningún colegial que no ambicione conmover a su madre con un fonendo y disfrutar de interminables partidas de cartas con las fuerzas vivas de la localidad. El sueño está al alcance de cualquiera, salvo que se parta de condiciones objetivamente inferiores. En mi caso, ocurrió algo así, nunca he podido desprenderme de mi miedo a las vísceras y de una atracción letal e injustamente denostada por la ciencia para practicar el método de Bernard y comprobar por la vía gástrica las propiedades que se le atribuyen a los medicamentos, circunstancias que, no obstante, no me impiden valorar las virtudes que engalanan a ambas ocupaciones, por lo demás, objeto en mi madurez de mi envidia malsana y abyecta. Admiro a los médicos porque son los únicos a los que se permite dirigirse al vulgo con un lenguaje críptico y desdeñoso, cosa que no se les tolera a otros trabajadores especializados y liberales como los filósofos o los fontaneros. Ellos hablan de hígados como si fueran tallas de chaqueta, pueden defender su ignorancia en el resto de materias durante más de tres décadas sin que su reputación sufra el más mínimo menoscabo. Indudablemente son grandes. Por eso se merecen estar por encima de la ley. ¿Que el Parlamento aprueba una norma para todos los españoles? Los médicos están exentos. Ellos pueden decidir. No son forajidos, sino galenos, gente de élite, con nuevos y merecidos derechos.