Luis Sanz
Cuán más felices seríamos si no fuera por nuestra capacidad de vivir en el tiempo. Recordar lo que fue y vislumbrar lo que será; dolida nostalgia un día, temor ante el futuro al siguiente. Y encima, vivir en el tiempo nos faculta para esa cosa devastadora que los animales, que viven en un eterno presente, no conocen: el aburrimiento.
Con otras palabras de inmensa belleza nos lo explica también Novalis: "Buscamos por todas partes lo infinito, y no encontramos sino cosas".
A vueltas con esto de vivir en el tiempo andaba yo el otro día, dando barzones por senderos de la Sierra de las Nieves, pespunteados por pinsapos, y caí en la cuenta de que en tal menester, los antecesores gozan de mucho más predicamento que los sucesores. Estos últimos apenas tienen cabida en nuestras vidas, salvo cuando algún político en horas bajas repica sus eslóganes de reserva ("el mundo que dejaremos a nuestros hijos, patatín y patatán..."). Civilizaciones enteras se han construido en torno al culto de los muertos, pero los vivos futuros apenas si tienen cuatro versos sueltos aquí y allá. Y bien pensado, igual de reales o irreales son unos y otros.
Nos hemos puesto de acuerdo en que lo importante son los ancestros, y ya conocemos la enorme fuerza de estos acuerdos colectivos tácitos. (Una insensata convención, por ejemplo, decidió en su día que Raphael es un gran cantante y nadie se molesta si quiera en levantar un dedo en sobrio desacuerdo. A esa fuerza me refiero).
Algunos aspectos de la actualidad política parecen reflejar esa desigual atención que se concede a ambos extremos del río de la vida. Aguas arriba, la ley de memoria histórica (¿pero es que la hay de otra clase?), y aguas abajo la ley del aborto, que es como ponerse tetas, según algunos productores de símiles elegantes. El nivel es de vértigo.
Sin embargo, a poco que se piense, ¿cómo evitar una asombrada curiosidad por saber quiénes y cómo serán nuestros descendientes, los que esperan el turno de la vida, los hijos y los nietos de nuestros tataranietos? ¿No son casi como nuestros hijos, solo que un poco más allá? Para ellos, genéricamente puede que seamos objeto de recuerdo como "antepasados", pero individualmente, al cabo de dos generaciones no seremos nada. Ni una remota causa, ni una leve sospecha. Seremos, con mucha suerte, polvo en algunos libros y cuatro o cinco cosas nuestras arrumbadas en un arcón.
"No te dejaré en herencia, a mi muerte, más que un nombre amontonado sobre un libro", decía el rumano Arghezi, supongo que con un caramillo poniendo la música de fondo.
Quizá alguno de esos remotos descendientes nuestros sea poeta, como Arghezi, y un día, errabundo por el bosque que quede en pie tras el cambio climático que, al parecer, hemos convenido que se nos echa encima, sienta treparle por las piernas un eco lejano. Será la infatigable melodía que silba la flauta de nuestros macilentos huesos hasta dar con quien nos continúa en el futuro, aun sin saberlo.
Hasta ese instante de pura magia blanca, ¿cómo honrar a nuestros sucesores? ¿Qué preces elevarles? ¿Qué hacer por ellos, además de evitar los renglones torcidos escribiendo el presente?
Tenemos mementos de difuntos, pero no de sucesores. Tal vez por eso nuestro vivir en el tiempo cojea de un pie, lastimeramente.