Domi del Postigo
Ayer quise apuntarme al taller de borrachuelos en El Palo. Me hubiera gustado aprender a hacerlos bien, pero el lío laboral me lo impidió. Me entretuvo la también dulce lectura de una carta del profesor de arquitectura José María Romero, empeñado en trabajar codo con codo en soñar una barriada mejor con algunos vecinos de La Palmilla. Yo ya andaba indignado por la noticia del compañero Sau en el periódico que cuantificaba en unos mil millones de euros los robados en Marbella por los señoritos de la Malaya, la Hidalgo y la Ballena Blanca (que poco tiene que ver con la metáfora obsesiva de Melville, como ninguno de los ladrones de dinero público tienen que ver con el capitán Achab: "Por allí resopla…").
Pero la mirada social del arquitecto me fue atrapando, llevándome peldaño a peldaño al varado ´Moby Dick´ del número 27 de la calle Cabriel, ese cetáceo de hormigón con sus trece plantas y sus cincuenta y dos viviendas que ninguna administración sabe de quiénes son. Romero tardó, como cualquier malagueño, unos diez minutos en llegar desde su bonita casa al abandono urbano del ´Cabriel 27´. Les leo:
"Pasamos al portal. El tabique de la derecha, nada más entrar, presenta un gran boquete. Podría ser el resto del hueco que contuviera los contadores de alguna instalación. Compruebo que junto a las puertas de los ascensores se ha producido un hundimiento de la solería de varios centímetros. Las puertas de los ascensores de chapa metálica se encuentran abolladas, y entreabiertas. Aunque el edificio de viviendas tenga trece plantas y vivan cincuenta y dos familias, hace tiempo que los ascensores dejaron de ejercer su función. El acceso a las escaleras me recuerda, sin querer, al acceso de un edifico de Beirut. Hace poco leí "Beirut, I love", de Zena El Khalil, que refleja dramáticamente el estado de sitio del Líbano por Israel hace tres años. Huele a humedad, y a otra clase de olores, pero se nota que se ha tenido el cuidado de limpiar y asear de alguna manera el portal. Subimos. En cada planta, las puertas de las viviendas varían. Las hay de madera, metálicas, vulgares tableros o chapas, y no las hay. Conforme ascendemos se abren cautelosamente algunas puertas y varios vecinos nos observan. Jadeando llegamos por fin al piso trece. La puerta de una de las viviendas se abre, y una mujer de no más de treinta años nos saluda. Una chavala y un chaval pequeños la acompañan junto a la puerta. Su pareja observa detrás de ellos. El interior de la casa parece en buenas condiciones, bien iluminado y aseado, y contrasta intensamente con el descansillo justo al otro lado de la puerta, de tonalidad negruzca y oscura, por el abandono y la mugre acumulada. Pienso para mí. Ésta es una familia normal, ¿qué es lo que le ha hecho o le hace estar atrapada en un lugar como éste defendiéndose a capa y espada de la miseria circundante en su burbuja?..."
– Querido José María, he leído tu carta y te doy las gracias y…