Mis queridos vecinos
Vivo en una cutre urbanización de casas adosadas en el Puerto de la Torre. Hasta hace poco los críos jugaban entre los escombros y malezas llenos de lagartijas, avispas y ratas. Ahora tenemos un parquecito, pero los niños, como es natural, siguen jugando en zonas que los promotores abandonaron y ahora son como pequeñas selvas llenas de maderas con clavos, ladrillos y cristales rotos, cables, tuberías, etc. Pero a los papás y mamás, lo que les preocupa es un terrible animal que se pasea cazando saltamontes y curioseando por la zona. El terrible animal es una gatita blanca y negra, con una pata blanca y otra negra que parece que lleva calcetines. Castrada, sin pedigrí pero con todas sus vacunas y papeles en regla. Es pequeñita y cariñosa con sus amos, pero muy asustadiza, como todos los gatos.
Un día, de regreso a casa, encuentro ante mi puerta a cuatro señoras esperándome para darme la bienvenida. Nada más bajar del coche empiezan a increparme avinagradamente espetándome a bocajarro que mi gata es un peligro y que no puede andar suelta por ahí como si fuese un jubilado cualquiera, que les ha destrozado las cortinas, que se mete en el dormitorio de los niños, que lo pone todo perdido, etc. yo estaba cada vez más agobiado ya que no podía creer lo que me estaba pasando, pensé que se había escapado un tigre, así que les dije que si tenían algún problema que me denunciasen, pero que no me diesen la lata. Cerré la puerta y entré en casa.
A los cinco minutos un grandullón, supongo que marido de alguna del comando de ataque, con el rostro desencajado por la ira y las ganas de machacarme, pone en su boca palabras que yo no he pronunciado, me amenaza, me señala con el dedo, hace amago de darme candela –yo no fumo– y se va escupiéndome palabras como: ¡ten cuidado, ándate con ojo, como les pase algo a mis niños... grrrr!
Alucinando oigo una dulce voz femenina: ¡Como coja al gato lo mato!
Rafael Baeza Rodríguez
Puerto de la Torre. Málaga