Juan Gaitán
Nunca son las cosas tal y como se cuentan. Ni la gripe A ha terminado siendo la encarnizada plaga bíblica que anunciaron al principio, ni tiene la mano tan blanda como si fuera un ministro de asuntos exteriores español. Está a medio camino de todo eso, en una equidistancia modélicamente diplomática. La que me tiene postrado no acabará matándome, pero me ha dejado malherido durante una docena de días y con la sensación de haber sido arrasado por dentro, como si me hubieran segado las entrañas y las energías. Escasísimo de fuerzas, la columna se revela, sin embargo, como una atadura demasiado fuerte como para romperla aunque haya que recurrir al nunca deseado, por desacostumbrado, método del dictado.
Leo en los papeles matutinos (ya no queda ni uno solo de aquellos alegres vespertinos, hace mucho que corren malos tiempos para la letra impresa) que Málaga se sitúa en primer lugar en el proceloso mar de la corrupción. Expertos en la materia han hecho las cuentas y viene a resultar que de las novecientas cuarenta y tres detenciones realizadas en España desde 2004 por asuntos de corrupción, doscientas se han efectuado en Málaga, donde se han llevado a cabo un total de veinticinco operativos.
Málaga, quien sabe si, acaso, por su condición de puerto de mar, de rompeolas de todas las culturas, siempre ha cultivado una peculiar mitología de golfos de toda grey acomodados en su acogedor terreno por la bondad del clima y, es preciso admitirlo de una vez y para siempre, por el secular modo de ser de los nativos, muy dados a la relativización y al "vive y deja vivir".
Así las cosas, no era de extrañar que arraigase aquí un modelo que se reconoce ya de índole transnacional, que traspasa todas las fronteras. La corrupción es de índole tan humana que será muy difícil de atajar a pesar de los bienintencionados cursillos (´intensa actividad formativa´, lo llama la Dirección General de la Policía y de la Guardia Civil) que se están impartiendo a los agentes del orden.
Nunca he creído aquello de que el poder cambia a la gente, simplemente la desenmascara. El poder por sí mismo no vuelve corrupto a nadie, pero hay que admitir que sólo sabremos de qué pasta estamos hechos hasta que se nos presente real y concreta la oportunidad de hacer algo malo para obtener un alto beneficio del tipo que sea.
Sin embargo, los que buscan con denuedo que se les presente la ocasión ya son harina de otro costal, se diría que apuntan maneras. Aquellos capaces de dar puñaladas traperas por colarse en una lista electoral de cualquier tipo en los llamados puestos de salida, trepas de todos los colores y una única fe, ya deberían resultar sospechosos. De ellos y su discurso de denodados servidores públicos habríamos de cuidarnos, habrían de cuidarse los partidos, habría que advertir en esos cursillos tan interesantes donde enseñan a detectar y neutralizar a los corruptos. Hay signos que no fallan nunca.