José María Noguerol
Contesté un largo cuestionario. Se trataba de elegir a los mejores del cine, la música, el teatro y la televisión de 2009, nacionales e internacionales. Cada paso que daba, cada elección, fue un sufrimiento: no conocía a nadie. Por fin apareció Angela Molina, menos mal que pude votar a alguien con cierto conocimiento de causa, determinación y ganas, aunque el papel por el que estaba designada también lo desconocía. Rellené casillas al albur. En ocasiones, utilicé criterios fonéticos, nombres que sonaban mejor o peor al ser leídos en voz alta, por ejemplo, o gráficos, aquellos que presentaban una contundencia silábica capaz de impactar visualmente. Quedó una cosa apañada y ligera, supongo que acorde con las tendencias: guardé una copia para comprobar después mis intuiciones.
Al rato, me sentí un poco melancólico; se oía, a lo lejos, una canción de John Lennon proveniente de una radio vecina. Veintinueve años de su asesinato, claro. Me acuerdo perfectamente del día y de la hora y lugar en el que conocí la noticia. Con seguridad en esa época habría sido capaz de responder con pleno conocimiento, cualquier cuestionario sobre preferencias musicales, cinematográficas y de cualquier otra manifestación artística. La razón, tenía veintidós años. Pero no sólo eso. Creo que en la música actual, en la que está de moda, se produce una repetición machacona de ritmos y acordes que, unidos a una masificación electrónico-digital insoportable, me alejan de oír y escuchar. Es lo mismo que en el cine: la sintaxis ha sido sustituida por los efectos especiales y las cámaras a velocidades supersónicas. Hemos pasado del ver crecer la hierba plano a plano, a la deforestación de mil años en cuatro fotogramas. No es nostalgia ni senectud: son códigos diferentes. Ojalá.