JOSÉ M. DOMÍNGUEZ MARTÍNEZ*
El sorteo de lotería del 22 de diciembre, con un historial de casi 200 años que ni siquiera la Guerra Civil logró detener totalmente, es uno de los pilares indiscutibles de las fiestas navideñas en España. Ya durante la etapa escolar esperábamos oír por la radio los preparativos del sorteo, anunciando el premio garantizado de las anheladas vacaciones, quizás las más entrañables de aquella, para algunos, lejana época.
Aunque parece que alguien, de una manera sigilosa pero contundente, ha decretado el inicio de las fiestas con bastante anticipación a ese día emblemático, muchas personas probablemente no entenderían una Navidad sin ese elemento de ilusión, que alumbra una posibilidad de salir de una situación de estrechez económica, para pasar a ocupar una posición más reconfortante dentro de una sociedad que, cada vez más, adora el becerro de oro.
La fama del sorteo de la lotería de Navidad llega mucho más allá de nuestras fronteras. Sin ir más lejos, la revista ´The Economist´ le dedicaba recientemente un artículo donde se ponen de relieve algunas singularidades del mismo. Con carácter general, los sorteos de lotería constituyen una área de interés para disciplinas como la Sociología, la Psicología o la Economía. A este respecto, las loterías, según diversas investigaciones internacionales, tienden a acentuar las desigualdades en la distribución de la renta y la riqueza, además de plantear un cierto conflicto con determinadas creencias religiosas o filosóficas que conciben la renta como una recompensa a algún sacrificio realizado.
Los juegos de azar tienen una considerable importancia. Con datos del año 2004, cada español empleó 620 euros en dichas actividades, cifra similar a la media europea. En términos agregados, los 27.290 millones de euros representaron un 3,24% del PIB (a título de referencia, en ese mismo año, el gasto en actividades de I+D alcanzó el 1,12% del PIB). Es, sin embargo, en el ámbito de las loterías donde destaca España, con el gasto por habitante (260 euros en 2004) más elevado de la Unión Europea. La participación en loterías parece, pues, un hábito bastante arraigado en la sociedad española.
Las motivaciones de los juegos de azar han sido estudiadas desde hace tiempo por economistas y estadísticos. Un concepto fundamental es el de valor esperado de un juego. Supongamos que el juego consiste en lanzar una moneda al aire: si sale cara, se perciben 100 euros; si sale cruz, no se percibe nada. El valor esperado de este juego sería de 50 euros (50% x 100 + 50% x 0). Se denomina juego justo o equitativo a aquél en el que el precio por participar es igual al valor esperado. Si realizamos este juego un número infinito de veces, con un precio de 50 euros, no obtendríamos ninguna ganancia ni ninguna pérdida neta.
Los economistas clasifican a las personas en función de su aceptación a participar o no en juegos equitativos: las reacias al riesgo rehúsan tales juegos; las amantes del riesgo sí los aceptan, mientras que las neutrales se muestran indiferentes.
Las loterías no son juegos justos en el sentido indicado: el precio por jugar es muy superior al valor esperado, teniendo en cuenta las probabilidades existentes de obtener un premio. Además, si una persona adquiriese todas las participaciones, incurriría en pérdidas, ya que no se reparte en premios la totalidad de lo recaudado. En el caso de la lotería de Navidad, el principal ganador es el Estado, que recibe un 30% de los ingresos, montante del que tiene que atender los gastos de gestión y administración.
Se estima que un 98% de la población adulta adquiere algún décimo o alguna participación para dicho sorteo, que, en 2009, ha alcanzado unas ventas de algo más de 2.700 millones de euros, lo que significa que cada habitante invirtió una media de 60 euros. La extraordinaria participación popular en el sorteo de Navidad representa, así, todo un desafío a las predicciones del análisis económico. Asimismo, su regulación fiscal implica abrir un paréntesis en la aplicación del principio de justicia tributaria: ¡nadie cuestiona (quizás porque todos nos vemos como agraciados potenciales) que no tributen en el IRPF rentas obtenidas sin esfuerzo alguno!
¿Significa, en definitiva, que la sociedad española, caracterizada como refractaria a asumir riesgos empresariales, es propensa al riesgo de la lotería? De entrada, hay que tener en cuenta un factor crucial: la mayoría de los jugadores apuesta una cantidad reducida, práctica que se ve favorecida por la utilización de los décimos y amplificada por el uso de las participaciones en éstos. Adicionalmente, la extensión de las denominadas compras en compañía (asociaciones informales de amigos, allegados o colegas) es un elemento de gran trascendencia. Según un reciente estudio, casi una cuarta parte del total de las ventas de lotería en España se lleva a cabo mediante dicha fórmula. Por otro lado, además de el Gordo y otros premios mayores, el sorteo de Navidad ofrece una serie de premios de menor cuantía que hacen que la probabilidad de obtener alguna compensación económica sea del orden del 15% (o sea, de casi uno de cada seis).
No obstante, para poder retirarse de trabajar hay que aspirar a algo más que una pedrea. Hace unos días, uno de los afortunados miembros de una peña de lotería, que había ganado un millón de euros, me planteaba qué ingresos netos mensuales podría conseguir invirtiendo el premio obtenido. Naturalmente, las opciones dependen de variables a elegir, como el riesgo, el plazo o la liquidez. Con un depósito bancario a un año de plazo, a un 3% de interés, podría conseguir (inicialmente) un neto de 1.985 euros al mes; invirtiendo en deuda pública a 30 años, en torno a 3.000.
En fin, al margen de todas las connotaciones económicas, está el factor psicológico –difícil de incorporar en modelos estadísticos– de la ilusión, exaltada en el célebre personaje de Julio Verne que, a punto de naufragar, deja escrito, en el reverso de un billete de lotería, un mensaje a su prometida, arrojándolo al mar dentro de una botella. Desafortunadamente, en la vida real las cosas no suelen salir tan bien como en la novela del escritor francés. Sin embargo, a pesar de todas las adversidades, la esperanza humana es capaz de desafiar, una y otra vez, las esperanzas matemáticas.
* Catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga