Francisco Muro de Iscar
Andan muchos católicos entre el desconcierto y la incomprensión por el ´asunto Munilla´. No es fácil en estos tiempos la vida de la Iglesia, a la que algunos tratan de arrinconar en las sacristías y otros pretenden sacar a la calle, sin que el término medio y la adecuada comunicación de sus mensajes, sus obras y sus objetivos logren imponerse. Una Iglesia pasiva, a la que, a pesar de todo, siguen activamente muchos millones de españoles y cuya opinión sigue teniendo un importante peso social. Ni España ni Europa se entienden sin la fe cristiana que está, lo acepten o no, en las raíces de todos los ciudadanos españoles actuales. No sé si será así dentro de veinte o de cuarenta años, pero hoy nuestra sociedad sigue sostenida sobre cimientos culturales católicos. También en el País Vasco. Allí se acaba de producir el ´espectáculo´ de la llegada del nuevo obispo. Desde allí, aunque no sólo, se ha presionado a Roma para que ´no se equivocara´. Allí se han levantado las voces del clero en contra de su nuevo obispo y los políticos del ´católico´ PNV no sólo se han mostrado críticos sino que ni siquiera han tenido la cortesía de acudir a su entrada en la diócesis. Esta Iglesia guipuzcoana, no sé si más nacionalista que cristiana, pero siempre connivente con los intereses de un partido que hace poco fue fundamental para ampliar la legislación abortista y convertir el aborto en un derecho, debería hacer una profunda reflexión sobre su pasado, su presente y su futuro. Acerca de por qué ETA nació en las sacristías, de por qué durante muchos años no ha sido fácil encontrar un sacerdote que oficiara una misa por las víctimas de ETA, de por qué sólo cuenta con cinco seminaristas en San Sebastián y tres en Vitoria, de porqué cada año son menos los católicos vascos que ponen su X en la casilla de la Iglesia en la declaración del IRPF...