Javier La Beira
Según hemos leído en este periódico, el portal PriceMinister realiza cada año un estudio sobre la satisfacción que proporcionan los regalos de Navidad, revelando que sólo una cuarta parte de los andaluces suelen quedar contentos con los obsequios que reciben de Papá Noel, los Reyes Magos y otros seres de carne y hueso que, siguiendo la sospechosa tradición, se retratan con generosidad en esa época. El dato muestra que andamos tan sobrados de sinceridad a la hora de responder encuestas como faltitos de capacidad a la hora de agradecer detalles. Se ve también que tampoco los regalos navideños dan la felicidad, sobre todo si a los caballos regalados se les revisa minuciosamente la dentadura. De hecho, un 39 por ciento vende el obsequio recibido, lo cual roza la grosería, mas debe de otorgarles un estimable grado de satisfacción. Ya sabemos que la cabra tira al monte de piedad. Un curioso aspecto es que los regalos menos apreciados son los de los suegros, que, por una vez, les echan la pata a las suegras en el papel de malos de las películas familiares.
El regalo que la Navidad dejó en Málaga fue la lluvia, que comenzó siendo acogida con alegría, por su necesidad e incluso por su novedad, y después de un par de semanas de presencia diaria, con resignación. La gota fría que colmó el vaso fue el aguacero intenso del pasado jueves, cuando ya no llovió a gusto de nadie, sino a disgusto de todos. Cuarenta litros por metro cuadrado en menos de una hora, un regalo auténticamente envenenado, se bastaron para saturar el drenaje en varias zonas de la capital y de Alhaurín de la Torre, destrozando automóviles, inundando locales, causando desprendimientos, obligando a evacuar viviendas y, en definitiva, creando una alarma justificada en los ciudadanos. Llama la atención, sin embargo, que quienes más clamen contra los efectos del aguacero sean los políticos. Eso sí, los unos contra los otros.
Conviene recordar que, como ocurre cada muy pocos años, de nuevo íbamos camino de padecer en la provincia de Málaga la escasez de agua embalsada. Lo que no han resuelto los sucesivos y distintos gobiernos democráticos desde que, tiene narices, el dictador Franco dejó, por imperativo mortal, de inaugurar pantanos, lo ha venido a resolver la fortuna, el azar, la Virgen de la Cueva, el dios Chaahk, coterráneo maya de la conocida abeja, o quién sabe quién. De momento. Porque algún año vendrá en que apenas llueva, y nos falte el agua, y el cruce de acusaciones entre los responsables políticos tampoco resolverá la cuestión. Para entonces, cabe temer que sigan entonando aquella canción, ´La pioggia´, que interpretaba Gigliola Cinquetti, aunque en su versión traducida, que traicionaba la letra original de un modo significativo: si en italiano, la lluvia no mojaba el amor de Gigliola cuando el cielo estaba azul, en español advertía que "no moja nuestro amor cuando yo soy feliz". O sea, de la lógica elemental a la complacencia irresponsable.