Rafael Ordóñez
Como todos ustedes saben ha comenzado la presidencia española de la Unión Europea. Esto va por toca, como la oca. También le llegará el turno a Chipre. El semestre español ha comenzado, como ha sido público y notorio, entre la rechifla general de la prensa internacional. Los editoriales de periódicos como The Economist, The Financial Times, The New York Times, Le Figaro y otros tantos que me he cansado de recortar, han oscilado entre la mueca de cachonda incredulidad y la abierta carcajada. El programa y el conductor que nos acercan indefectiblemente hacia los cinco millones de parados, al frente de la Comunidad. Menos mal que el señor Sarkozy y la señora Merkel, ellos sí son los únicos reyes del mambo, lo atarán en corto y no consentirán que el "modelo español" les contamine. Bastante tienen con soportarlo. En el comienzo de esta presidencia se presentaron en Madrid, junto a nuestro presidente, un tal Van Rompuy y otro tal Durao Barroso. Toda una constelación de luz para el decrépito continente. Los dos últimos, presidentes de no se qué Consejo y de no sé qué Comisión de la charcutera Europa. El cielo la confunda. Por la noche vi en una de esas cadenas que nos entra con el cable un reportaje sobre la Europa comunitaria en sus orígenes. Allí fue que salieron de Gaulle, Adenauer, Schumann, De Gasperi. La comparación con la terna que se había reunido por la mañana en la Moncloa era inevitable; cruel, pero inevitable. Dejé pasar el reportaje también con una mueca de cínico estoicismo, no exento de dolorosa nostalgia.
En la rueda de prensa que dieron estas tres lumbreras les preguntaron por Cuba a los tres tenores. Estaba reciente la sonrojante humillación recibida por la nación española y la comunidad europea en la persona de mi colega el doctor Luís Yáñez, eurodiputado, al habérsele negado la entrada en la isla mártir. La respuesta del tenor Rodríguez fue la habitual: que sí, que no, que quizás, que a lo mejor, que puede ser, pero que no es probable. La de tal Van Rompuy, del que dicen que es nuestro presidente, el de todos lo europeos, madre mía y yo con estos pelos, fue de antología de la coña marinera: "Aún no he tenido tiempo de ocuparme de Cuba". Pues mire, presidente de la cosa europea, escríbame a este periódico y le voy a contar algunas historias de mis amigos cubanos; para que se vaya poniendo al día. La última que le puedo desmenuzar es la de mi colega el doctor Óscar Elías Biscet que acaba de cumplir diez años en una mazmorra de la dictadura comunista cubana. ¿El motivo? ¿Cuál cree usted, señor Van Rompuy, alma mía, que puede ser el motivo? ¡Bingo! ¡Lo acertó! La defensa de los derechos humanos. El doctor Elías Biscet lleva ciento veinte meses de torturas, vejaciones y amenazas que han arruinado, de momento, su salud y su carrera profesional. Pero no lo han vencido. Resiste enhiesto, firme, digno. Su ejemplo es cada día más alto y luminoso. Ya ha recibido medallas y distinciones de los hombres libres: de la ciudad de Berlín, del presidente de los Estados Unidos, de la presidencia del gobierno de la República Checa y ha sido adoptado como preso de conciencia por Amnistía Internacional. Dos veces candidato al premio Príncipe de Asturias de la Concordia, este premio no quiere, de momento, honrarse a sí mismo con este nombramiento. ¿Qué le parece, caballero? Aquí tiene un motivo para sentirse persona y descolgar el teléfono, hablar con el coma-andante, con su hermano, o con Satanás mismo, y solicitarle que suelte a este mártir de la libertad. Como esta historia, le puedo detallar una docena más, todas de primera mano, señor presidente. A ver si ahora tiene tiempo.