Javier Peña Vázquez*
Haití nos ha paralizado y ha roto nuestros esquemas. Una de esas tragedias que desearíamos no haber conocido nunca y que podría situarnos en uno de los escenarios que describe el Apocalipsis. Una llamada al corazón de la humanidad que entra en sintonía acelerada hasta rozar la taquicardia. Un corazón acogedor, si bien cansado por efecto de nuestra crisis cultural y de valores o dispuesto a reaccionar por ese mismo motivo.
Cuanto escuchamos y vemos, los testimonios que nos llegan desde esa parte de las Antillas son de lo más sobrecogedores y desconcertantes. Sobrecogedores por su magnitud y las consecuencias más inmediatas. Desconcertantes porque nos ponen en evidencia. Tanto progreso que se estrella en un caos sin solución. Tanto avance tecnológico incapaz de ganar una sola baza a las fuerzas desatadas de la naturaleza.
Estos paraísos caribeños esconden mucho acíbar, fruto de un colonialismo ramplón que no buscó el desarrollo de estos pueblos, sino el servicio a las ´multinacionales´ de cada época. Un pueblo, el haitiano, que ahora es incapaz del autogobierno porque no ha sido preparado para ello. Un paraíso, visto desde la óptica de las agencias de viajes, muy próximo al infierno, donde todo es odio y rencor.
Nuestra misión, la de toda persona de buena voluntad y muy especialmente la de los creyentes, será la de estar al lado del hermano pobre y necesitado. Pobre no sólo de pan sino de autoestima, de afán de superación y de confianza en el mundo. Pobre de una nueva evangelización que ha sido todo el bien que España proporcionó a Hispanoamérica. Una fortaleza que tal vez sea la ocasión de devolvernos. Todos y España en primer lugar, en momentos tan difíciles como éstos, hemos de ser bálsamo para aliviar una zona tan castigada por fenómenos naturales y por un pillaje generalizado.
Una situación tan delicada, como ésta, precisa acuerdos internacionales y sobra el protagonismo. Ocasiones en las que hay que empezar por poner orden, trabajando de la mano de quienes cuentan con fuerzas especializadas, civiles o militares, para desescombrar y reconstruir zonas asoladas. Por otra parte, las ayudas más inmediatas, requieren de organizaciones serias y de reconocido prestigio como Cáritas o Cruz Roja; unos primeros momentos que son decisivos para salvar muchas vidas. Después, deben entrar las organizaciones de cooperación internacional para restaurar cuanto sea posible y, finalmente, la Comunidad Internacional planteará un plan de reconstrucción y desarrollo.
De nuevo, deben ser los portadores de la cruz los que estén dispuestos al sacrificio y a exponerse para hacer de "buen samaritano", el único mensaje que convence al hombre. El mensaje del amor.
* Presidente de Bancosol