Matías Vallés
En un rasgo machista que sus lectoras siempre están prestas a perdonarle, Cortázar distinguía entre el lector hembra o pasivo y el lector macho o activo. Desaparecido el segundo en cualquier sexo, la lectura se ha reconvertido en una habilidad equiparable a la conducción de un automóvil. Su utilidad en prospectos y manuales permanece incontestable, pero exige un destino concreto. En sí misma carece ya de sentido. En la actual fase de transición impera el "que lean ellas", en contravención del mandato cortazariano. Se escribe pensando en la lectora superviviente, con la posible excepción de los tratados de fútbol.
Si a un gobernante se le reclamara su carnet de lecturas recientes y aportara diez títulos, se haría más sospechoso de malversar su cargo que si enumerara la relación de prostíbulos en que ha entretenido últimamente su ocio. La respuesta correcta se cifra en el bobalicón "ahora no tengo tiempo", a traducir por "no puedo perderlo en tonterías". La lectura es una desconexión con la realidad, un pasatiempo inofensivo para los tiempos en que todavía se hablaba de esparcimiento. Por lo mismo, se estrella incompatible contra el ocio duro de un planeta que inventa a diario nuevas formas de aburrirse.
Desaparecida su práctica, la lectura conserva su prestigiosa aureola. Nadie se plantea la recuperación del hábito, pero hay que idear un protocolo para su abandono elegante. Por ejemplo, la generación twitter exigirá libros cada vez más cortos, en torno al millar de caracteres. En una relación consensuada de las cien obras canónicas de la literatura –entre las que no figurarían obligatoriamente los tres tomos de Millennium ni los premios Planeta–, se desploma aceleradamente el porcentaje de ciudadanos que las han disfrutado, y que se alejan a su vez de los puesto de mando de la sociedad. Las personas caminan con una biblioteca a cuestas gracias a internet, pero esa superfluidez confirma la superfluidad del libro. Subsistirá mientras se escriba sobre él, pero derrotado por la simplificación del mundo. El ser humano se desembaraza de convicciones y adornos para recuperar la primitiva desnudez.