Problemas estratégicos, soluciones miopes

Colocar el almacén de residuos nucleares en Ascó o en Yebra es una anécdota. El problema es que España no tiene un modelo energético y ni siquiera debate sobre ello. Ni un modelo económico que incluya aspectos tan básicos como la política industrial

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Francisco Muro de Iscar Estamos discutiendo dónde ponemos el almacén de residuos nucleares y si conviene o no apoyarlos, en función de los votos que puede restar, hablamos de la Educación para la Ciudadanía o del trabajo de los jueces –"tres horas y media al día" dice el juez Gómez Bermúdez que debería saber de lo que habla–, del número de parados de cada mes, de cambiar el cálculo de las pensiones, del cierre imparable de medianas y pequeños comercios, de la caída del turismo, o peor, del descenso de los ingresos* y nos centramos en uno de esos debates cada día.
Pero esos no son los problemas, son la consecuencia del problema. Y si nos quedamos en ese pequeño debate lo que no hacemos es afrontar el problema de fondo. O los problemas, porque tenemos todos los que queremos. Problemas estratégicos, de fondo, de definición. Colocar el almacén de residuos nucleares en Ascó o en Yebra es una anécdota. El problema es que España no tiene un modelo energético y ni siquiera debate sobre ello. Ni un modelo económico que incluya aspectos tan básicos como la política industrial, la fiscal, la reforma de las pensiones o la reforma laboral. Ni tenemos un programa educativo o de I+D+i que se plantee dónde queremos estar dentro de quince o veinte años -lo de ahora tiene difícil solución a corto plazo-. La reciente oferta del ministro Gabilondo, que es de lo poco salvable del Gobierno, se aleja mucho de un posible pacto social y político por la educación. Es mucho más de lo que tenemos en los demás sectores, pero es un nuevo parche a un problema estratégico.
Tampoco tenemos una política de inmigración que se aleje de los bandazos permanentes, de las improvisaciones y de las decisiones a golpe de telediario. Y todo ello por no hablar de la justicia, donde son tantos los problemas y tan escasas las medidas, que parecemos haber renunciado a una justicia eficiente en tiempo y forma para los ciudadanos y, por tanto, no podemos hablar de justicia.
Todos éstos problemas, incluida posiblemente la organización eficiente del Estado, son problemas estratégicos que exigen respuestas globales y con garantías de perdurar en el tiempo, es decir, con acuerdos políticos y sociales que garanticen que no cambiamos el rumbo cada tres meses. A todo ello, los partidos están respondiendo con soluciones no sólo miopes sino partidistas, interesadas, parciales. Su beneficio antes que el de los ciudadanos. No es de extrañar que desde fuera, y desde dentro, se esté perdiendo la confianza en España y en sus instituciones. "La confianza, como el arte, decía el escritor Earl Grey Stevens, nunca proviene de tener todas las respuestas, sino de estar abierto a todas la preguntas". Aquí nadie quiere preguntas, sino obediencia ciega.

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