Juan Gaitán
Estuve como diez días muy malito y, para qué negarlo, bastante asustado, preocupado ante la posibilidad de que aquello derivase hacia un empeoramiento generalizado y acabase palmando. Todo empezó con una fiebre altísima que duró varios días y no había forma de bajarla. Luego me dolía todo el cuerpo, apenas comía, estaba sin fuerzas. Sin embargo, cuando pasó todo aquello me quedó una extraña satisfacción, el regocijo de haber conseguido resistir al temible, al pérfido, al letal virus de la gripe A y vivir para contarlo. Incluso estuve tentado de hacerme una de esas camisetas de "yo sobreviví a la gripe A", pero me pareció excesivo, ya que soy de natural comedido. Así que me guardé (acordándome del Conde de Villamediana "cerca del grosero está el venturoso"), mi alegría y volví a mis quehaceres habituales.
Y ahora viene a resultar que sólo sobreviví a un fraude, a una pandemia de mentirijillas, una epidemia que no ha sido tal, que después de miles de millones de euros gastados en las vacunas y en los antibióticos específicos que las farmacéuticas aseguraron que era la única solución para que no muriéramos como chinches, resulta que no ha sido para tanto, pues a pesar de que ha dejado algunas muertes por el camino, no ha terminado siendo, ni mucho menos, la catástrofe sanitaria que nos auguraron.
El otro día escuché a Trinidad Jiménez, la ministra de Sanidad, decir que daba por zanjada la epidemia. Lo que no explicó muy claro es qué se va a hacer con todas aquellas vacunas compradas con prisas y sin miramientos, vacunas que no fueron lo suficientemente probadas, que se administraron a la población sin saber exactamente qué riesgos corrían quienes se la inyectaban, qué sucederá en un medio y largo plazo.
Son muchos, entre ellos los componentes del Consejo de Europa, los que miran de reojo a la Organización Mundial de la Salud y a algunos de sus miembros, a los que parece que se relaciona con algunas grandes multinacionales de la industria farmacéutica. La pregunta de si toda esta alarma social, todo este miedo que nos inocularon (seguramente no haya un virus peor y con mayor velocidad de expansión que el miedo) sólo fue una estratagema para vender millones de vacunas a todos los gobiernos que pudieron pagarlas, esos mismos que ahora no saben qué hacer con ellas y que tratan de disimular, de no admitir que posiblemente les hayan timado.
La única secuela que me ha dejado la gripe A es esta sensación de haber sido engañado, de haber picado en una alarma innecesaria, de haber sucumbido a un pánico organizado, falso, interesado, del que unos pocos han sacado una muy buena tajada y los demás nada más que las arcas públicas un poco más vacías y un montón de preocupaciones innecesarias, como si no tuviéramos ya bastante.