ZP, solo, no lo arreglará

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José Luis Gómez La crisis económica española es grave y tiene toda su lógica que los ciudadanos miren a su Gobierno. Pero un mínimo de realismo político aconseja tener presente que el Gobierno no solo está atado por sus propias circunstancias –déficit, deuda y paro–, sino también por la dependencia española de las políticas de Bruselas y del Banco Central Europeo, por la presión que ejercen los mercados financieros donde hay que colocar la creciente deuda del Estado y, además, por el papel de las comunidades, cuyos gobiernos tienen en sus manos la mayoría de las políticas microeconómicas.
Todo ello no exime al presidente de sus altas responsabilidades ni de los errores cometidos, entre ellos no haber sabido implicar a las autonomías en la lucha contra la crisis. El plan de austeridad que ahora comienza puede estar justificado por las cifras –el déficit público alcanzó el 11,4% del PIB en el 2009, dos puntos más de lo previsto– pero contradice bastante el discurso político de ZP, empeñado en financiar con deuda políticas sociales que ahora pretende conciliar con el ahorro de 50.000 millones de euros en cuatro años y el retraso de la edad de jubilación. Y no acaba ahí la cosa, porque en las próximas semanas conoceremos el resto de la batería de medidas de ajuste, que también afectarán al sector financiero y al fraude fiscal. El Gobierno no anuncia todo a la vez para tener munición de cara a seguir enviando señales a los mercados internacionales donde el Estado español tiene que financiarse, cada vez con peores perspectivas.
Desde el punto de vista social, el problema más grave es el paro, cuyos datos son inapelables. Puede argumentarse que hay una reducción en la destrucción de empleo y una ralentización del aumento del paro. Incluso que el PP se pasó de la raya al temer cinco millones de parados. Pero lo cierto es que aquí ya no cabe hablar solo de políticas de reparto, sino de creación de riqueza, a ser posible alternativa a la construcción. Encauzada la economía financiera, si bien al igual que el paro todavía no ha llegado al punto de inflexión, llega la hora de la economía productiva, capaz de competir no solo en el mercado interno, sino también de abrirse paso en el exterior. Y todo eso pasa, obviamente, por elevar la productividad del país, que es muy baja.

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