José María Tortosa *
Resulta curioso que, en las estaciones de tren principales, se practique una inspección del equipaje mediante escáner para unos trenes sí y para otros no. En concreto, el AVE, Euromed y Alvia tienen como requisito de acceso el pasar las maletas por el dicho aparato, cosa que no sucede si se trata de un regional o de cercanías. Ignoro de quién es la decisión ni de cuál de las empresas implicadas en el transporte por ferrocarril, públicas o privadas. Pero si es por seguridad (eso sí, la empresa encargada de tal control es privada), no vendría mal recordar el atentado terrorista del 11-M: se produjo contra un tren de cercanías con muchas paradas, no contra uno de larga distancia con pocas paradas. Así que tengo que preguntarme por qué precisamente en esos trenes y no en los que son realmente peligrosos, vistos los antecedentes.
La primera sospecha tiene, también, sus casos previos cargados de puntos oscuros. Por supuesto, está la compra masiva de fármacos (no me atrevo a llamarlos antivirales, porque parece que la cepa mutó y, por tanto, difícilmente podían ir contra los supuestos virus) que ha llegado hasta el Consejo de Europa: la sospecha recae en la industria farmacéutica y su capacidad de presión y corrupción, y más sabiendo que conspicuos integrantes del primer gobierno de Bush hijo, en concreto, Donald Rumsfeld, se convirtieron en el miembro más rico de dicho gobierno precisamente por lo que subieron las acciones de la empresa para la que había trabajado anteriormente y que, casualidad de casualidades, vendía el Tamiflu. Pero eso es de otra historia aunque corre en paralelo con la capacidad de presión de la industria de la seguridad. De hecho, esos nuevos escáneres que permitirán que seamos vistos como vinimos al mundo, algunos de los cuales salen al precio de 700.000 dólares, son vendidos por empresas apoyadas por antiguos miembros de sucesivos gobiernos estadounidenses y que forman lo que allí se denomina ‘lobby de la seguridad’. Al fin y al cabo, hay cinco sectores que destacan por encima del resto por su capacidad de hacerse oír y corromper: la seguridad, el petróleo, el automóvil, las medicinas y las drogas ilegales. Son, además, los cinco con mayor cifra de ventas en el mundo.
Estoy dispuesto a no dar crédito a los cospiranoides que ven también aquí oscuros intereses empresariales y, como la empresa que los compra tal vez no tenga dinero para todos los trenes posibles o le resulta difícil, técnicamente, ralentizar tanto la entrada de viajeros, estoy dispuesto a creer que ha sido resultado de una elección. Pero ¿cuál y por qué?
El criterio de mayor riesgo creo que hay que descartarlo. No hace falta haberse leído el abundante material que comienza a publicarse sobre ‘la mente del terrorista’. Basta con un mínimo de sentido común: si uno quiere hacer un atentado, lo hará donde más ruido haga y, como en el 11-M, lo hará en trenes llenos. En los de cercanías, claro. Y, a ser posible, en varios de ellos simultáneamente. Parece que no es, pues, esa la razón para la vigilancia en unos y no en otros.
Con independencia de la presión de la industria del ramo, tradicionalmente corruptora –ahí sí que hay corrupción, no con las mordidas en países periféricos–, los políticos tienen que demostrar que se preocupan por nosotros aunque sea falso, que en muchos casos lo es. La compra de fármacos para la terrible gripe que nos iba a atacar y diezmar podía interpretarse de esa manera: se preocupaban y, después, que no viniesen los deudos a quejarse de la improvisación ya que se habían adoptado todas las precauciones posibles. Probablemente, la vigilancia en las estaciones tiene la misma lógica: que sepamos que se piensa en nuestra seguridad, que se ponen todos los medios posibles y, si después pasa algo, no ha sido por falta de interés por parte de los políticos, sino porque no son semidioses y, por tanto, no pueden llegar a todo. La diferencia entre un caso y otro es que los fármacos se pueden usar para otros fines o donar, como ayuda humanitaria, a los países pobres. En cambio, los escáneres, una vez comprados, hay que usarlos y más si la amenaza terrorista sigue existiendo.
Pero eso no responde todavía a por qué unos sí y otros no. La respuesta que se me ocurre estaba en el título: puro clasismo. Quizás tranquilizar a las sufridas clases medias de unos trenes y dejar de lado a los currantes de los otros.
* Investigador del Instituto de Desarrollo Social y Paz de la UA