Lucas Martín
El primer síntoma llegó de madrugada. Me retiré el pantalón y allí estaba. Un bloque gris, apelmazado, cónico, ocupaba lo que hasta ese momento era mi pierna izquierda. Después se me agigantaron las orejas. De alguna parte surgió la trompa, no necesariamente en el sitio más ventajoso y saludable. Al mediodía ya barritaba como las locutoras del hipermercado. Cuando acaben mis obligaciones, las servidumbres de la conservación, me retiraré a la estepa para esperar la muerte. El futuro me ha convertido en eso. Tengo esperanza de elefante, expectativas de elefante, manías de elefante. Soy un elefante, como casi todos los de mi generación, aunque también un obrero metalúrgico en la época del último zar. La juventud, a este lado del privilegio, también está condenada. El trabajo dura casi una singladura, la casa tiene menos de cincuenta metros, el bienestar es una consigna, puro maquillaje. Los gestores viven en otro planeta. Piensan, sin titubear, que la jubilación a los 67 años es un esfuerzo democrático. No una aberración. No un retroceso cínico, estúpido, abotargado. La realidad laboral de los elefantes comporta una media de cinco años de trabajo invisible. Si a eso se le suma la formación, las prácticas sin contrato, la media de cotización hace que uno tenga derecho a una miseria con cuerpo de septuagenario. A esa edad queda el yoga y los viajes a la Manga. Se disfruta menos a costa de favorecer al sistema, se convierte la vida en una factoría inacabable con final de quinientos euros y úlcera garantizada. La prosperidad es una canción de los setenta con barba de tres días y chupa comprada en Londres. Del futuro como avance encadenado va quedando muy poco. La política es el pulso de la inmediatez, la revolución aquí y ahora. Sin pensar en las consecuencias, en el medio plazo, en esta condena plúmbea, de paquidermo larvado.