Juan Gaitán
A los malagueños, de tan meridionales, de tan templados, de tan malagueños, nos incomodan mucho los días de lluvia, sobre todo cuando se superponen unos a otros, cuando han decidido perseguirse sin tregua, como éstos que estamos viviendo, y convertir Málaga en una sucursal de La Coruña.
Sucede que los malagueños tenemos nuestra propia rutina de las cosas, nuestros ancestrales hábitos, y encontrarnos de repente con que nos falta el vecino de arriba, el sol al que tan acostumbrados estamos, hace que nos pongamos de muy mal humor y tengamos la certeza de que vamos a perder por completo el día, porque estamos convencidos de que no se puede hacer nada productivo si está lloviendo, y además se nos quitan las ganas.
Estamos sufriendo, sí, sufriendo, el invierno más lluvioso desde hace muchos años, y es, realmente, un latazo insoportable, además de una palpable demostración de que de una vez para otra no hay manera de que hagamos los deberes y pongamos en orden las infraestructuras que tanto necesitamos, esas de las que sólo nos acordamos, como de la santa aquella, cuando llueve.
El gran Jorge Luis Borges aseguraba que "la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado", pero este presente nuestro de borrasca continua no hay ya quien lo aguante, y por su culpa andamos casi todos por ahí tristones, cariacontecidos, aburridos de tanta agua y tanta grisura, que ya no sabe uno si esto es el cambio climático que tanto nos han prometido o no es más que una vuelta a los ciclos de ´sequía/inundación´ que siempre hemos padecido en estas latitudes.
Lo que está claro (casi lo único que está claro en estos días de zozobra) es que a los malagueños no nos vienen bien los días de lluvia. Nos resulta inoportuno que el cielo se encapote y que la lluvia se arroje sobre nosotros provocando enormes atascos de tráfico, cortes de luz y pérdida de la señalización semafórica, además de afear enormemente nuestro paisaje, hecho para la luz clara, no para el nublado, porque nuestra ciudad pierde mucho cuando no le da el sol y se nos presenta sucia, desangelada, colapsada sobre sí misma en cuanto le caen encima cuatro gotas.
A los malagueños la lluvia nos da tristeza, se nos cuelga de la cara la melancolía y la llevamos todo el día arrastrando, como una carga insufrible, como una maldición. Nos cruzamos los unos con los otros y solamente soltamos algún resoplido de disgusto, de hastío, que es suficiente para entender lo hartos que estamos de la lluvia. Y si la cosa va muy en serio, si el chaparrón es un poco intenso, entonces ya pasamos a enseñarnos los unos a los otros las ´heridas de guerra´, lo mojados que llevamos los pantalones –"toca, toca"–, disgustados y al mismo tiempo sorprendidos. Y en ese momento aparece alguien con el topicazo, ese que nos define, que nos sitúa en nuestra justa medida, pero que nos molesta casi tanto como la propia lluvia. Porque siempre hay quien nos recuerda que "es que aquí no estamos preparados", y encima tiene razón.