Pedro de Silva
En la vida normal, un debate con alguien se gana si se le convence. En un tribunal el debate se gana si se convence al juez. En un ring, a pura bofetada, se gana si el contrario besa la lona, o al menos se queda con más golpes y las cejas partidas. En una tertulia, se gana si el bronquista de turno arranca el aplauso del público, en directo o por SMS. En el Parlamento la cosa funciona de momento como en las tertulias, lo cual aún es de agradecer, pues no se ha llegado al boxeo, pero da que pensar. El Parlamento de la Nación es cada vez más la tertulia de las tertulias, la madre de todas las tertulias. Igual que en las que pueblan las cadenas, lo que cuenta no es convencer al otro por medio de la palabra y las razones, para un alto fin relacionado con el bien común, sino conquistar el aplauso del público y de sus pastores. En ese esquema la llamada Patria no es ni el convidado de piedra.