José María Noguerol
Que la realidad supera a la ficción, es lugar común desde hace tiempo. Que las paridas de asesores aúlicos de políticos, se conviertan en propuestas, empieza a ser pesadilla. El miércoles pasado, al ínclito Mariano Rajoy, le volvió a pasar lo de siempre, que ya no es mucho: tenía que leer, dijera lo que dijera ZP, el discurso elaborado con paciencia y ardor guerrero por sus chicos de Génova (probablemente, se perdió incluso sufrir la decadencia de occidente en forma de partido de fútbol, Olympique Lyón-Real Madrid). "Ustedes", les dijo a los diputados del PSOE, "que ganaron las elecciones y que tienen una mayoría legítima y que invistieron al presidente del Gobierno, pueden reconsiderar su posición. Si se mantienen en sostenerlo sufriremos dos años más. Y el tiempo no traerá el remedio". Rajoy, en una vuelta de tuerca nada británica y muy arriolera, ha sustituido el "váyase" por el "quítenlo ustedes, que yo no puedo". Y su desesperación, su alusión al sufrimiento, no está en los males que la continuidad de Zapatero pueda deparar a los españoles, sino sólo a sí mismo y a su partido. Entre lideresas madrileñas que califican de hideputas a sus compañeros, tramas de correas y bigotes y escándalos en Baleares –no han hecho más que enseñar la punta– lo que queda de aquí al 2012, a las generales, le puede resultar a don Mariano una tortura insufrible.
Porque el resto es mentira: todavía no conocemos ni una sola propuesta seria del PP para salir de la crisis. Y empezamos a cansarnos, los ciudadanos y los partidos. El miércoles se notó. Por eso Rajoy quiere que los socialistas le ayuden a echar a ZP: él es incapaz de reclutar firmas entre los suyos para presentar una moción de censura en el registro del Congreso. Por una vez, aunque fuera carnaval, no ha habido máscaras.