Rafael Ordóñez
Hago mi habitual entrada en el centro de la ciudad por la calle Císter y allí enfilo Santa María o San Agustín, según los menesteres del día y la hora. El pasado viernes tocó la calle del obispo de Hipona. A mitad del tránsito, antes de llegar al Museo Picasso, me encuentro con una variopinta marea humana que no consigo identificar. Primero pienso que es el resultado de media docena de autobuses del Imserso que han varado en el museo. Pero no, veo gente más joven y deduzco que era el día mundial de los museos y que el Picasso era gratis. O quizás no, advierto, lo mismo es una manifestación que viene de la plaza de la Merced con los sindicatos, por fin, al frente de los damnificados por la crisis. Hasta que no llegué a la librería del gran Enrique, uno de los diez mejores libreros de Europa, no me aclaré. El Cristo de Medinaceli, Rafael, que no te enteras. Golpe en la frente y claro: primer viernes de marzo. El impagable Miguel Ferrary, en su crónica sabatina, hablaba de 50.000 personas a los pies del Cristo de la Iglesia de Santiago. Prudente como es, el gran profesional y mejor persona que es Miguel, ha debido quedarse corto. Porque cuenta que la marea humana de la mañana se convirtió en tsunami por la tarde. Pues nada, queridos, esto es lo que hay. Hubo a quien le hizo mucha gracia un artículo mío de hace pocas fechas en la que hablaba del aumento exponencial en la venta de libros religiosos, de imágenes, de estampitas de santos y de velas por doquier que se ha constatado en los últimos meses. Pues aquí tienen el refrendo. Cincuenta mil malagueños en la calle durante horas para ponerse a los pies de un Cristo y pedirle lo que todos imaginamos: salud, trabajo y amor. Ya lo decía la cancioncilla: el que tenga esas tres cosas que le dé gracias a Dios.
Yo espero, confío y deseo que los inútiles que nos gobiernan y los incapaces que se dicen en la oposición tomen buena nota del grado de confianza que el pueblo español tiene en ellos: cero. Cero patatero, cero zapatero. Porque si lo de Málaga con este Cristo ha sido de escalofrío, lo de Madrid, ni te digo. Y así en toda España. Sabe el personal que esperar remedios para sus males de esta colección de inanes es como escupir para arriba o como esperar que el sol salga de noche; algo perjudicial o imposible o las dos cosas a la vez. Que esto del Cristo de Medinaceli no es una anécdota, querida y nefanda clase política, que esto es un plebiscito en toda regla. Sean mínimamente capaces y tomen nota. Espabilen y levanten la mirada de sus preciosos ombligos y encaren las necesidades de la ciudadanía que aún les vota. ¿Quién es capaz de sacar hoy en Málaga cincuenta mil personas a la calle? Todos sabemos la respuesta: nadie, absolutamente nadie. Bueno, hay otro, me dirán. Y yo les diré: no, es el mismo. Es el mismo el que el primer viernes de marzo convoca multitudes y es el mismo el que cada lunes santo pone Málaga a sus pies. Ya desde hoy me atrevo a pronosticar: este Lunes Santo habrá más gente que nunca detrás del Señor de Málaga. Pongan los contadores a funcionar y lo verán.
Dicho todo lo anterior, remato este artículo primisemanal recordando a todos los torpes que pretenden, oh imposible, erradicar estas cosas del pueblo español, y convertirlo en zombis autómatas, que lo llevan crudo. Setenta años por delante y un poder casi infinito tuvieron los camaradas soviéticos para arrancar estas creencias del corazón del pueblo ruso. Fracaso más estrepitoso no han conocido los siglos. En cuanto se han ido y han dado media vuelta por la esquina, las iglesias se han vuelto a llenar y los iconos, guardados y ocultados, han vuelto a relucir como el sol. Ya verán en Cuba, cuando caiga el tirano.