Javier La Beira
Allá en la década de los años treinta del siglo XX, el recientemente fallecido José Antonio Muñoz Rojas compuso el poema titulado ´A una ciclista´. El longevo autor antequerano puso, a modo de pórtico tal vez irónico de su composición, dos versos de Jorge Guillén: "Por la calle se desliza / La pérfida bicicleta". El poema, sin embargo, a despecho de su pórtico, es un canto admirativo a una señorita que se desliza con su bicicleta no por las calles de ninguna ciudad, sino, en una suerte de tour amoenus, por valles, jardines, prados y puentes sobre ríos. El yo poético va persiguiendo con deleite a esa "única emperatriz de los ciclistas". "No pesa el corazón de los veloces", reza el hermoso verso último.
Deslizándonos ya por el siglo XXI, se ha puesto en España de actualidad, a semejanza de algunas ciudades europeas, la habilitación de viales urbanos reservados a los ciclistas. Si recuerdo bien, y creo que así es por lo que me llamó la atención el hecho, durante la campaña electoral con motivo de las elecciones al Ayuntamiento de Málaga, los partidos políticos emprendieron de pronto una carrera extraña, algo pintoresca y desenfrenada, por ver quién de ellos se llevaba el maillot amarillo a la hora de prometer más kilómetros de viales para ciclistas. A la meta, el Partido Popular fue el que mayor número de kilómetros prometió, y también, obviamente sin ninguna relación causa-efecto, el que ganó las municipales. Toda vez que el cuentakilómetros de las administraciones va despacio, las obras ruedan con menos brío que Contador, mas van rodando, rodando. El mes pasado se iniciaron las que conectarán el este de la ciudad con el norte mediante la conversión en vías con prioridad peatonal y carril para bicicletas de una serie de calles desde Madre de Dios al puente de Armiñán, entre ellas, como referí aquí mismo hace un par de semanas, ¡la calle Parras!
Los denominados, casi afectivamente, carriles-bici gozan de buena prensa, merecida en la mayoría de los casos, ya que suponen una alternativa limpia de humos, deportiva y saludable al horrendo espectáculo urbano del tráfico de vehículos a motor. Nadie duda de ello, pero sí de la idoneidad de implantarlos según y dónde. Los carriles-bici son un recurso óptimo para ciudades llanas y con grandes avenidas. De ahí que resulten tan adecuados al tráfico de París, Amsterdam, Barcelona, Sevilla… Evidentemente, no es nuestro caso. La sensatez dicta entonces que, si ha de medio cumplirse aquella promesa electoral desenfrenada, se implanten en calles propicias a su uso, y sin que el remedio acabe siendo mucho peor que la enfermedad. Por ejemplo, ejemplo que tengo muy próximo, un carril-bici en la calle Parras supone un soberbio retruécano, el mundo al revés,
La ciclista de Muñoz Rojas va, por el llano rural, "con júbilo sin prisa". A saber cómo iría por calles estrechas y empinadas. Nuestra ciudad se halla "colgada del imponente monte", tal describe el poema celebérrimo de Aleixandre. Pésimo caldo para ese cultivo a dos ruedas. Quizás se haya pensado que la función cree el órgano, sin pensar en los órganos que pueden hinchárseles a los ciudadanos, quienes, tal vez en un remedo de revolución pseudocultural maoísta, se hagan guillenianos en masa, culpando del desaguisado a las pérfidas bicicletas.