El azaroso tren de la convergencia económica

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José M. Domínguez Martínez* Eurostat ha hecho públicos recientemente los datos del nivel de renta de las regiones europeas correspondientes al año 2007. Ante una realidad económica que no admite tregua, la oficina estadística de la Unión Europea (UE) nos ofrece la ficción de una foto fija en la que podemos apreciar nuestra posición relativa dentro del mosaico regional europeo.
Aunque sujeto a considerables limitaciones, expresadas en estas mismas páginas el pasado mes de octubre, el producto interior bruto (PIB) por habitante sigue siendo el indicador rey a la hora de comparar el bienestar económico de los distintos territorios. La utilización de las cifras en paridades de poder de compra es fundamental, en cualquier caso, para realizar comparaciones homogéneas, eliminando, como hace Eurostat, las diferencias de capacidad adquisitiva del euro en cada región.
Con algún (inevitable) desfase temporal, la publicación de Eurostat nos coloca ante un espejo que –problemas metodológicos generales aparte– no engaña, y nos muestra a qué estación había llegado nuestro tren de la convergencia hace algo más de dos años. La observación de los datos nos muestra que, de las 271 regiones delimitadas (con un tamaño sumamente heterogéneo), 189 ya habían sobrepasado la ubicación de Andalucía, mientras que otras 81 tenían que recorrer todavía un camino para alcanzarla.
Las estadísticas reflejan enormes contrastes dentro de la Unión Europea: la región más pobre, Severozapaden (Bulgaria), tiene una renta por habitante equivalente a menos de un 8% respecto a la región más rica (Londres Central). A su vez, el PIB per cápita de Andalucía representa un 81,1% de la media de la UE-27, superando así el umbral del 75%, tomado como referencia (en promedio trienal) para la aplicación de las ayudas de los fondos estructurales comunitarios para el desarrollo.
Esa imagen básica no debe hacer perder de vista algunas otras cuestiones relevantes. Así, hay que constatar dos hechos muy significativos: por un lado, Andalucía es la décima región europea por importancia económica, con un montante de producción total muy similar al de la séptima; por otro lado, es la tercera región más poblada, con prácticamente ocho millones de habitantes, cifra equivalente a la correspondiente a la suma de casi una treintena de regiones (con menor población).
A lo largo de los últimos años, la renta media de los andaluces ha venido aumentando en términos reales de manera notable, concretamente, en torno a un 20% entre los años 2000 y 2007. No obstante, pese al intenso crecimiento económico registrado en la reciente etapa expansiva, sigue encontrándose todavía a una considerable distancia de la media europea. Andalucía ha estado instalada en un tren que avanza por la senda de la convergencia –lo que le ha permitido recortar, entre los dos años mencionados, 10 puntos porcentuales de la diferencia respecto a la media comunitaria–, pero aquél apunta hacia un blanco móvil que se desplaza continuamente hacia delante. A diferencia de la incertidumbre que rodea a quien tira al plato, que ignora dónde aparecerá el blanco en cada intento, en la carrera de la convergencia económica se sabe que la meta se mueve siempre en la misma dirección, pero cada vez más lejos. A veces, incluso puede dar la impresión de que nos vemos atrapados en una especie de paradoja de Aquiles, con la diferencia de que, dentro de las regiones, hay tortugas, pero también gacelas.
Lo importante es, pues, ante todo, seguir mejorando en términos absolutos y procurar ir acortando distancias respecto a las áreas más prósperas. Como en su día destacó Keynes, al hablar del porvenir económico, los seres humanos tenemos necesidades absolutas, pero, igualmente, necesidades relativas, aquéllas que satisfacen el deseo de superioridad y que pueden ser insaciables. Ahora bien, quizás no haya que obsesionarse con tomar un tren de alta velocidad, si no tenemos la garantía de poder pilotarlo durante un trayecto prolongado. A la larga, puede ser más provechoso subir a un tren más modesto pero que cuente con unos raíles firmes y circule por un trazado bien definido.
En el célebre episodio del cuento de Lewis Carroll, el gato de Cheshire aconsejaba a Alicia que era indiferente la ruta a seguir, si no tenía muy claro adónde pretendía llegar. Esta recomendación, sin embargo, puede resultar nefasta como orientación para deambular en el terreno económico. La experiencia internacional demuestra que muchos trenes de alta velocidad carentes de un rumbo cierto han descarrilado o han tenido que detener su marcha para pasar una larga temporada en los talleres de reparación. Aunque aparentemente pueda verse como una pérdida de tiempo innecesaria, colocar en la locomotora la bandera de la sostenibilidad evitará en el futuro tener que detenerse en estaciones de penitencia.

* Catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga

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