Luis Sanz
Ha llovido ¡y cómo!, estas últimas semanas. Y ha hecho viento y más frío que de costumbre. "Es el calentamiento global". Después me aclaran que no es un chiste, y como no lo entiendo me lo vuelven a explicar, aunque con poco éxito.
Los que ya hemos cumplido más años de los convenientes recordamos como, en tiempos felizmente remotos, se achacaba a la ´pertinaz sequía´ los males que nos atribulaban. No estoy seguro de si el calentamiento global es algo así como la pertinaz sequía de nuestro tiempo. Hay días que uno no tiene fuerzas ni para ser un cínico.
Pero sí, es verdad, ha llovido mucho, con lo que las instituciones responsables de reparar los daños (y supongo que también de prevenirlos) tienen una excusa razonable que esgrimir. Mas no por ello deja lo ocurrido de ser remarcable y, a qué negarlo, interesante.
Desde finales de noviembre se han venido sucediendo en Casarabonela hechos de otros tiempos. Ha habido incontables cortes de luz, que han oscilado de minutos a varias horas, como pasó en Nochevieja. Era interesante ver desde las apagadas laderas y los silentes olivares las luces que alegraban el valle del Guadalhorce y la propia Málaga, allí, a lo lejos, como un reino inalcanzable. Alguien propuso encender lámparas de aceite y salir por el monte en plan Santa Compaña, pero no nos animamos porque nos pareció que faltaba un ambiente más oceánico, con efluvios de algas y percebes; además alguien del grupo tenía un mp3 del que salían verdiales, y no pegaba, así que lo dejamos estar.
"¿Acaso las tarifas que pagamos a Endesa son inferiores a las que pagan en Málaga –musitaba algún indignado vecino de la Loma de Taivilla– y merecemos por eso peor servicio?" "Pues no, son las mismas"–, decía otro que sabía del tema. "Debe usted comprender –me dijeron desde la compañía eléctrica– que muchos tendidos son aéreos, y claro, con estos vientos". "¿Y por qué no los entierran?" "¡Ah, eso… eso es otro tema!".
Como en la zona abundan las tierras de bujeo, ´las pertinaces lluvias´ han ido persuadiendo a los innumerables ´hundieros´ de la comarca para que hagan lo que saben hacer: hundirse. Se han hundido patios, obras, bancales, caminos y árboles (he visto olivos deslizarse más de 15 metros en unas pocas horas), se han abierto cárcavas en las laderas que recuerdan al cañón del Colorado, se han derrumbado muros de enormes piedras de escollera, ha habido frecuentes cortes de agua, del castillo del pueblo ha caído sobre la piscina de un estupefacto vecino una roca de 7 metros de diámetro, y por fin, las carreteras se han ido barranco abajo dejando al pueblo de Casarabonela incomunicado, no sabemos por cuanto tiempo.
Para mí, personalmente, no ha sido trágico. A fin de cuentas me he pasado días enteros dentro de una nube (a los pies de la Sierra Prieta se forman unas nubes bajas que tiembla el Misterio), leyendo a Donald Justice y a Simenon –al que muchos siguen teniendo por autor de novelas policiacas, cuando en verdad se trata de un metafísico de fuste–. Pero no es lo mismo aislarse porque uno, de vez en cuando, se debe a su misantropía, que quedarse incomunicado porque las carreteras han sucumbido a los ´hundieros´ y los caminos están atravesados por ramblas no vadeables ni aun dándole su óbolo a Caronte.
¿Será, como dice mi vecino Iván, que viene de las frías estepas del Este, el precio que tenemos que pagar por vivir en un paraje de privilegio? Será. O será tal vez, como dice Justice, que la Gran Depresión ha penetrado en nuestras almas como niebla.