Lucas Martín
No estamos solos en el universo. Los chinos, también cuentan. Desde que la raza humana tuvo conciencia de sí misma, justo después de la época infame del taparrabos, pocos pueblos han merecido tan escasos miramientos como la muchachada de Mao. Se dice que tienen los ojos apergaminados, que sonríen beatíficamente, que no salen ni para bailar el fox-trot en horario de trabajo. Las últimas informaciones no ayudan a doblegar el tópico. En la inmensidad de sus predios, ha aparecido una señora con una cornamenta espléndida, a un indigente se le considera extremadamente guapo. Su canon estético sorprende en Occidente. Si yo fuera chino, hace rato que me habría decidido por los capirotazos. Una cosa es que tu nacionalidad despierte suspicacias y otra muy distinta que te tomen por el pito del sereno. Cada vez que se habla de los chinos en una reunión de comensales, a todos les da por reír y emplearse en diminutivos deshonrosos. La patria siempre me ha parecido un sentimiento intelectualmente sonrojante, pero lo de esta gente es excesivo. A mí no me extrañaría que un buen día se dejaran crecer el bigote y les diera por conquistar Europa para evitar la mofa de los conciudadanos. Fíjense en Napoleón, en Franco con los masones. La afrenta a los chinos se presume inabarcable. Además de las bromas, soportan con encomiable paciencia el envío anual de jóvenes inadaptados que se plantan en su país y les dan el coñazo preguntándoles por la energía y las claves del Tao. Como si no tuvieran bastante con las secuelas de los planes quinquenales. La maledicencia les atribuye, además, actitudes incomprensibles. Sostienen que los chinos nos comen, pero la experiencia me dice que lo único que hacen es abrir restaurantes. También que resultan muy difícil de distinguir individualmente, como si eso fuera exclusivo de Oriente. Piensen, por ejemplo, en la caterva femenina de las discotecas del extrarradio o en el esforzado gremio de los concejales de festejos de los pueblos de España. Ellos sí que padecen el síndrome siamesco y promueven gentilmente la ingesta de matarratas. De todos los prejuicios inveterados, los chinos se llevan la peor parte. Menos mal que siempre quedan sutiles expedicionarios en la muralla y sus alrededores. Si alguna vez se confirma la existencia de extraterrestres, que se preparen. Puede que aquí les miren con desconfianza o, en el mejor de los casos, se burlen de su rostro mientras venden rosas interplanetarias.