Pedro de Silva
Camino del trabajo, veo al fondo de la avenida una nube de estorninos, con sus clásicas ondulaciones. Más cerca ya, noto algo raro: los pájaros parecen muy grandes, la cohesión entre ellos flaquea –como en un ensayo fallido de bandada– y la formación no tiene la plasticidad habitual. Me pregunto qué les pasará; ¿falta mando, afloja la disciplina o hay en el aire un dispersante? Al parar en el siguiente semáforo miro arriba y tengo la respuesta: no eran estorninos, sino gaviotas, en su primera asamblea del día. ¿Cómo habré podido confundirme? Llego a cavilar si las gaviotas, fascinadas por el virtuosismo de sus vecinos, imitarán a los estorninos, ensayando su vuelo. Descarto la idea, pero de lo que allí arriba ocurre, de los juegos, rutas, leyes y costumbres de nuestros hermanos voladores sabemos realmente poco. Sólo nos importa matarlos o espantarlos. Así nunca aprenderemos a volar.