Javier La Beira
Hace ya unos cuantos años, allá por el 59 antes de Cristo, Marco Tulio Cicerón ponderaba a su hermano Quinto: "Si disfruto sobremanera con tus largas cartas, y a menudo me alargo más de la cuenta también al escribirte, es porque cuando las leo, me parece que las estoy oyendo, y cuando te escribo, me parece que estoy hablando contigo". Dejando por un instante al margen su hobby favorito, el de repartir consejos a diestro y siniestro, Cicerón formula aquí con palabras precisas el quid del goce epistolar. Es ésta la más remota de entre las deliciosas cartas de escritores y artistas que se transcriben en el último número publicado de ´Litoral´, la histórica revista malagueña que un equipo de artesanos teje en Torremolinos siguiendo las directrices de Lorenzo Saval.
Aunque echo de menos alguna epístola de San Pablo a los corintios, pues se trata de todo un clásico de nuestra infancia tierna, la selección se me antoja, en varios sentidos, antológica. Ninguna carta tiene desperdicio, resaltando del conjunto, a mi parecer, por el contenido y la relevancia de sus protagonistas, la de un Marcel Proust jugando, tal vez, al despiste propio y ajeno, la escatología impura y dura de James Joyce, la que Rilke envía al escultor Rodin el último día de 1912 desde Ronda ("un sitio incomparable, un gigante hecho de rocas que soporta sobre las espaldas una pequeña ciudad") y las viñetas sicalípticas con que Benjamín Palencia ilustra la que dirige a, par de lunáticos, Salvador Dalí y Federico García Lorca.
El interés por la literatura denominada genéricamente del yo, y en concreto la epistolar, está en alza. A la iniciativa docta y sabrosa de ´Litoral´ le ha añadido en Málaga Rafael Inglada una posdata moral. El poeta, editor y experto picassiano legó al Centro Cultural de la Generación del 27, la semana pasada, 204 cartas que le han sido remitidas, durante los últimos 30 años, por un notable grupo de literatos e intelectuales españoles, de Pepín Bello a Gabriel Celaya y Gerardo Diego, de Lázaro Carreter a Tierno Galván y María Zambrano. Su contenido, pleno de interés, gira en torno a la labor poética y editorial del apasionado, emprendedor y afable destinatario común.
Un mundo tan cagaprisas como el actual, poblado de satélites, teléfonos móviles, e-mails, sms y demás utensilios y mensajes instantáneos, camina hacia la desaparición presta de las cartas en papeles escritas. Sin embargo, su valor testimonial del pasado se acrecentará conforme pasen los años, las décadas, los siglos. Mediante su gesto, Inglada ha pretendido servir de estímulo a otros autores que guardan celosamente su correspondencia, alentándolos a salvaguardarla y custodiarla en una institución especializada para facilitar su conservación y su estudio por parte de los futuros investigadores. También, por qué no, su lectura por cualquier persona gozadora de las delicias de este género donde salen a la luz los sentimientos más encendidamente nobles, pero también los regulares humores, los zaherimientos crueles, los tejemanejes, las cobas… En definitiva, las luces y las sombras que anidan en todo espíritu humano.