Lucas Martín
Estaba en mitad de una curva, como manda la ortodoxia y la leyenda popular. Su figura era espectral. Surgía cada quinientos metros como si el movimiento consistiera apenas en un parpadeo del volante. Pensé que se subiría al asiento del copiloto y me hablaría de un accidente inminente, que su presencia sería funesta, que el camisón tendría flecos de damajuana y dosel, blancura gloriosa del XIX. Su vestimenta era de azul severo, casi de hombre con bigote. En el Centro, apareció otra vez. Y al lado de mi casa y bajo la ventana de la oficina. Al entrar al baño miré debajo de la puerta. Reparé que quizá no era uno, sino varios.
La policía es puro misterio, parece que se reproduce por mitosis. La cumbre ha dejado una imagen sobrecogedora, uniformes repartidos cada trescientos metros, visibles o sutilmente agazapados. Nunca hubo
nada tan parecido a un cuadro de Magritte, sólo faltaba la lluvia. Los ministros cuentan con los agentes más esmerados, nada de rosquillas ni tripas mediterráneas. La seguridad es, junto al terrorismo, una de las obsesiones capitales de los nuevos tiempos. Sobre todo, si es estadounidense. Según las noticias de las últimas semanas, los militares del país del dólar no suscitan demasiada confianza. Hace poco se supo de su alarmante sobrepeso, ahora del consumo indiscriminado de narcóticos. Si usted es perseguido por un soldado gordo que devora antidepresivos lo más seguro es que le dispare. Puede que quizá le invite a compartir la quiniela, pero esos son los casos más raros. La lluvia de agentes del orden, encabezada por un séquito de funcionarios, responde a la centralidad europea de España. Un galón ordinario y rotativo, pero que se vende como un tesoro en época de crisis. Zapatero ha sabido sacar partido al trámite. Desde principios de año, habla de la presidencia de la Unión Europea como si fuera un premio concedido por los méritos patrios. El protocolo de seguridad de los ministros es enemigo de la Andalucía campechana. Sin él, es más que probable que los representantes de Polonia y Finlandia se hubieran acercado a los chiringuitos a ponerse ciegos de chipirones, confundidos en el anonimato nunca bien ponderado de ejercer de políticos europeos y no de estrellas de la salsa. Los cónclaves internacionales casi siempre tienen un olor rancio a encuentro de amiguetes y promesas hueras, sin carácter vinculante. Uno se pregunta para qué sirve el Parlamento Europeo y los eurodiputados, o más bien, qué sentido tienen las cumbres continentales si ya existe Bruselas. Todo sea por el turismo de alta gama. Porque éstos, ya se saben, no comen chipirones.