RAFAEL ORDÓÑEZ
Llevar más de un año pensando en escribir este artículo no es precisamente pecar de imprudente. Abro las compuertas, corro las cortinas, enciendo los focos y les presento a F.J. Tiene 51 años, es malagueño porque vive en Málaga y es, posiblemente, una de las dos o tres personas más desgraciadas que conviven con nosotros. Triste y duro galardón que trataré de demostrar. F.J. trabajaba en Madrid en un importantísimo canal de televisión, era regidor. Cayó en las satánicas garras del alcohol y toda su vida profesional y familiar se fue al garete. Encalló su vida en Fuengirola, ciudad en la que pasó dos años mal tirado en la calle. Su estado físico y psíquico alcanzó tal grado de deterioro que los servicios sociales y benéficos de la ciudad se pusieron en marcha y le buscaron acomodo en una bendita institución de nuestra capital. Allí llegó F.J. en un estado de postración casi indescriptible. Pero la acogida amorosa, la buena alimentación, la higiene y el cuidado personal hicieron que remontase el vuelo y volviese a ser un hombre alegre, cordial e ilusionado. Mas volvieron los nubarrones, las tormentas, los rayos y las centellas de la maldita adicción. F.J. se marchó de donde había sido tan espléndidamente acogido y cayó en la sima más honda que imaginarse pueda. Fue un viaje al fin de la noche del que no ha regresado ni nunca más regresará. Hoy, F.J. padece una enfermedad neurológica degenerativa que lo tiene postrado en cama desde hace tres años. Actualmente, de sus cuatro extremidades, F.J. sólo mueve su brazo izquierdo. Todos los hospitales y clínicas malagueñas han sido hogares en los que F.J. ha residido en los últimos años. Hoy no tiene absolutamente a nadie que se interese por él, excepción hecha de un grupo de heroicas y ejemplares mujeres que lo ayudan, lo sirven y le dan de comer siguiéndolo por todos los hospitales de la ciudad.
En todos los centros sanitarios ha sido F.J. bien tratado, pero es ahora la hora en la que no reúne requisitos de hospitalización y sí de ser acogido en una residencia especializada, en la que pueda ser atendido como merece. Meses lleva su benemérito y corto ejército de amigos intentando que F.J. dé descanso adecuado a sus maltrechos huesos y a su perdida mente. Pues no hay manera. No hay posada para él. Se ha llamado a todas las puertas habidas y por haber y ninguna de ellas se abre porque en ninguna reúne los "requisitos adecuados". En las administraciones tocadas, mucha amabilidad y ningún resultado. F.J. es pobre como una rata, está más solo que la una y no tiene amigos importantes. Aquí está el meollo. Si F.J. tuviese una pensión de tres mil euros mensuales o fuese hermano de un mandamás, tendría no una si no varias posadas abiertas para él. Pero nada tiene que ofrecer que no sea dolor, desvarío y crucifixión en una cama. Yo tenía entendido que los gobiernos de los países democráticos tenían la misión de salvaguardar la vida y la hacienda de todos sus ciudadanos. F.J. no posee hacienda que defender, pero vida aún tiene. Sigo pensando que alguien tendrá que responder. Hay un ciudadano español, en un hospital malagueño, al que mis compañeros médicos, en gesto que agradezco profundamente, no dan el alta porque no tiene a donde ir. En la hipótesis de que F.J. fuese dado de alta y el pequeño pero formidable ejército que le atiende diese un paso atrás, se daría la situación de encontrar a un hombre demente y casi tetrapléjico tirado en una camilla a las puertas del hospital sin nadie que se interese por él. En esas estamos. Cierro, de momento, esta historia que aún he tenido la paciencia y contención de presentarla en su versión light. Si no hay solución, continuará en su versión heavy.