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El drama de Zapatero

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Carlos Carnicero Quizá la madurez psicológica pueda decretarse a partir del día en que cada individuo, hombre o mujer, es capaz de admitir y convivir con la idea de que no le puede querer, apreciar y valorar todo el mundo. Un equilibrio emocional se alcanza cuando se es capaz de admitir como normal que haya gente que no te soporte y que es bueno tener enfrente a quien no transige con las posiciones que para uno son vitales. La vida es elección y cada una de estas opciones alternativas, cuando se escogen, conlleva una o varias renuncias. Nada extraordinario, pero a veces difícil de interiorizar cuando no se está preparado para la frustración y se entiende la discrepancia como una ofensa. El presidente Zapatero lleva muy mal la contrariedad en quienes pretende que le sean fieles y afines. Tener razón, para él, es un principio ligado a la autoridad de su posición. Y, al mismo tiempo, no quiere contrariar a quienes son imprescindibles para sentirse querido.
Por eso le cuesta tanto emprender acciones que van a provocar respuestas en el universo que exige incondicionalidad. Ahora mismo está en una encrucijada: no quiere actuar contra los que en otros momentos llamaba "poderosos" y que siempre han sido sus aliados y tampoco quiere dictar medidas impopulares que le enfrenten a los sindicatos. Y en esa dislexia se le está pasando la legislatura sin hacer nada que devuelva la confianza a los ciudadanos y tranquilice la fiera de los mercados.
Los mercados son unos depredadores anónimos dirigidos por quienes, entre ellos, tienen más medios para la especulación, especialmente dotados para distinguir la debilidad y la sangre. Y la mirada de Zapatero es, en los últimos meses, todo menos tranquilizadora: tiene pánico y no lo puede disimular. Es el mido que promueve en él lo que nunca pensó que podría suceder y no quiere admitir como posible. Él, ungido con un don especial que le ha durado mientras el viento de la economía iba de popa; ahora no puede creer que su sueño de sobrepasar el PIB de Italia y de Francia se le haya escapado de las manos.
Está noqueado por el Estatuto Catalán, con el proceso de Garzón, con las disensiones en su partido, con la rebelión del PSC, con la tozudez de los datos económicos. Con las encuestas... Tiene miedo y el miedo inmoviliza. Los mercados han olido el miedo y están al acecho. Alguien en su propio partido debiera zarandearlo (psicológicamente hablando) para que recupere el sentido de la normalidad. No es fácil, pero es posible. Y si no, debieran elegir a otro para el puesto de mando.

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