Comunicar o intoxicar, esa es la cuestión

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Rafael de Loma* Si echas un vistazo panorámico a la actualidad nacional se te cae la mirada al suelo, de puta pena. Y digo actualidad nacional pero bien podría decir actualidad internacional. Somos un país integrante de esa zona civilizada llamada Europa y, en consecuencia, todo lo que ocurra en el continente o en el mundo nos afecta de forma directa. Tiempo ha que dejamos de ser, afortunadamente, una unidad de destino en lo universal (gilipollesco lema de tiempos olvidables), o sea, nada, para convertirnos en alguien con alguna presencia, tampoco excesiva, en el reducido club de países desarrollados. De ahí que la zozobra de los acontecimientos nos tenga preocupados, ora porque aquí no se pone de acuerdo ni dios para mejorar las cosas (afrontar conjuntamente la crisis, comprometerse con un pacto educativo, decidir sobre el Estatut), ora porque estamos viendo pelar las barbas de los griegos, que viven la crisis peligrosamente con sangre en las calles, ora porque no hay forma de que nos llegue la verdad de lo que pasa ni a través de quienes mandan ni a través de los que quieren mandar, instalados en la cerrazón de las negativas y los pretextos y obsesionados únicamente con frases y actos electoralistas. Insisto en mi empeño de airear lo mal que funciona, por agotamiento, el sistema de partidos, contumaz en su propósito de hurtarle a la democracia una participación plena. Puedes entender, nunca justificar, que las élites gobernantes o los capitostes de la oposición se comporten tan al margen de la realidad del país, guiados exclusivamente por la fijación del poder, pero es más difícil de explicar que dos irreconciliables bandas de corifeos aplaudan babeantes tanta sinrazón. Es como si a quienes queremos ver en perspectiva los acontecimientos nos consideraran tontos integrales, que eso es lo que deben considerarnos.
El problema es de engaño y de falta de comunicación general. No nos quieren informar. La comunicación es una necesidad imperiosa, no solo en tiempos como éstos de saturación y de intoxicación informativa, en los que debemos cribar lo sano de lo insano si pretendemos fijar o recibir un mensaje. Fue siempre una perentoriedad que nos viene transmitida, me atrevería a decir que genéticamente, desde que los primeros homínidos comenzaron a relacionarse entre sí. A medida que la sociedad se relaciona y se globaliza, más determinante se hace la comunicación y más imprescindible. Item más: cuanto más se agranda esta crisis, más falta hace la transparencia, dándose la circunstancia de que, mientras en el resto de departamentos de las grandes empresas empieza a sobrar gente, en las áreas de comunicación aumenta la nómina, lo cual, por cierto, no es mala noticia para los profesionales de la información, tan numerosos hoy día y tan difíciles de encajar en los cada vez más restrictivos medios de comunicación.
Un estudio de los Dircom (Asociación de Directivos de Comunicación) bajo el título de ´El estado de la comunicación en España 2010´, demuestra que en los últimos cinco ha crecido notoriamente el número de compañías que se ha dotado de un equipo de comunicación. De un 78% han pasado a más de un 91%. Hay menos negocio, se vende menos, ergo hay que comunicar más. Parece un contrasentido, pero no lo es. Me recuerda a otra situación que no pareció entenderse al principio, cuando en la década de los setenta se encareció el papel prensa en Francia de tal manera que los periódicos tuvieron que reducir paginación. ¿Qué ocurrió entonces? Si los diarios tenían menos páginas, menos espacio para las noticias, hubiera parecido lógico que se prescindiera de redactores. Pues lo que ocurrió fue justamente lo contrario: se ampliaron las redacciones con muchos más periodistas. ¿Por qué? Porque no debía economizarse la información, sino que debía ser más elaborada para que cupiera toda. Sin embargo, en nuestro enrarecido panorama, mientras las empresas afectadas por la crisis reaccionan dando más información, siendo más transparentes, las fuerzas políticas y las institucionales, en el Estado, en las autonomías, en las provincias, practican el juego contrario, el del oscurantismo informativo y el de la ceremonia de la confusión. No necesitan expertos. Ellos solitos se sobran y se bastan. Por eso digo que si observas el deterioro político y la frivolidad (por no decir mediocridad) con que se afrontan los problemas, y encima ves lo de Grecia, la mirada se te cae al suelo. De pena.
* www.rafaeldeloma.com

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