El diminutivo malagueño

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Rafael Ordóñez Él era de Málaga. Un buen malagueño. Hablaba, por tanto, mal de su tierra. Era la personificación de aquel dicho que asevera que si habla mal de España, es español. Esto es de una obviedad que muchos acémilos no acaban de entender. Cuando hablas mal de tu tierra es que te duele, te zahiere, te encabrita, te golpea el diafragma. Son sólo los merengues asépticos, los idiotas de lo políticamente correcto, los que no entienden que uno despotrique de aquello que ama hasta decir basta los que se encocoran ante una crítica hecha desde el corazón. Así era mi maestro en la universidad de la vida, sección facultad de la calle, cátedra de barra de bar. Rafael, ándate con cuidado cuando en Málaga te hablen con diminutivos. Tiéntate la ropa, respira abdominalmente hasta cuatro veces, yergue la cabeza y adéntrate en lo peor cuando te ofrezcan, en bandeja, el regalo envenenado de un diminutivo. Y es que las enseñanzas que yo creía pasadas, mantienen un vigor y una lozanía que más quisieran muchos. El temido diminutivo sigue enseñoreando los días y las noches de la ciudad amada. Y es que este artículo me ha venido al hilo del último diminutivo que ha atravesado mis tímpanos. Andaba yo en las urgencias de un centro sanitario de la capital malaquí, acompañando a una de esas personas que preside, domina y reina en mi almario. Había dado con sus huesos en el inmisericorde suelo, su cuerpo estaba más que magullado y esperábamos el resultado de las pertinente radiografías. Pasen, por aquí. Antes de entrar en consulta ya teníamos el diagnóstico. Una malagueña, vestida de blanco, en funciones de médico de guardia, nos lo espetó: Pasen por aquí, vamos a arreglarle el brazo, tiene una ´fracturilla´ en el codo. Ni que decir tiene que en mi frente se agolparon los peores presagios, los más negros rayos y las más endiabladas centellas. Así ha sido. Una fractura de una articulación como la húmero radial, saben todos mis compañeros traumatólogos que es una fractura de chupa y dómine. Que muchas de ellas tienen pase directo al quirófano y que en todas ellas de la rehabilitación posterior ni te cuento. Pero para nuestra cordial interlocutora era una ´fracturilla´.
Así es en Málaga, si así os parece. Si quedas con alguien y te llama por el móvil diciéndote que se va a retrasar media ´horilla´, ya puedes dar la cita por perdida, concluida y hasta más ver. Si en el banco te dice el probo oficial que eches una ´firmilla´ en la esquina inferior derecha del documento que te pone delante de las narices, date por perdido, te acabas de uncir al yugo del banco de marras por los próximos veinte años de tu malhadada vida. Si el fontanero te dice que el arreglo del lavabo es cuestión de un ´momentillo´, ten por seguro que lo tienes en tu casa hasta las siete de la tarde, cuando menos. Siempre es mejor oírle decir que la cosa es cuestión de un rato, de una hora, de poca monta. Como te largue lo del ´momentillo´, puedes temblar en tu bolsillo y en tu paciencia. Si de alguien te dicen que está ´malillo´, reza por él pronto y mucho. Si uno sale de su casa y dice que va a dar una ´vueltecilla´, échense a temblar deudos y familiares. Por menos de eso hay quien no volvió jamás o acabo en la guía telefónica de Tucumán. Insístanle en el umbral de la puerta si a lo que va es a dar una vueltecilla o una vuelta. Si es esto último, pueden permanecer tranquilos y normotensos.
Este artículo sólo es útil para aviso de navegantes foráneos. A los indígenas nada hay que decirles que no sepan o no hayan experimentado en sus carnes y a diario. El diminutivo malagueño es dulce, tentador, aparentemente cordial, seductor, pero lleva en la punta de la palabra el dardo letal de ser todo lo contrario de lo que anuncia. Ojo, pues.

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