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Málaga en la página dos

Los cafres marcan el ritmo

El grupo de enloquecidos que propinó una colección bárbara de golpes a una vaquilla en las fiestas de Alhaurín el Grande nos transporta a los tiempos de la España negra, de la irracionalidad, la ignorancia y el salvajismo rampante. Este tipo de festejos necesita con urgencia un severo control.

 09:13  

José Ramón Mendaza El apaleamiento de la vaquilla en las fiestas de Alhaurín el Grande nos ha devuelto de sopetón a una realidad paralela a la de nuestro cómodo mundo globalizado en el que muchos optimistas dicen que vivimos. Hemos cruzado de nuevo la puerta abierta de la irracionalidad, la incultura y la barbarie de la España garbancera camuflada bajo el cartel de la tradición popular, a la España descuidada e indolente, en la que nadie es responsable de nada y en la que todos tienen razón. La única conexión entre estos dos universos ha sido la tecnología. De no ser por el vídeo que difundió el Colectivo Andaluz en Contra del Maltrato Animal esta bofetada a la civilización humana hubiese pasado inadvertida: un grupo de energúmenos que disfruta de la fiesta del pueblo propinando porrazos, patadas y puñetazos a una becerra a la que también le retuercen el cuello y que acaba moribunda. Al final, ya se sabe, el pobre animal muere agonizando, aunque sin que suene «La hija de Juan Simón» interpretada por Angelillo, como ocurrió en esa obra maestra de Luis García Berlanga, que es La vaquilla.
Excepto en su final trágico poco tienen que ver estos dos animales. Uno, la ternera de Alhaurín, sacrificada por pura diversión por unos trogloditas sin sesera que, por si no tuviéramos suficientes problemas, nos han hecho ser de nuevo la vergüenza de Europa y han regalado al Alhaurín un estigma inmerecido que tardará en olvidarse. La otra, la vaquilla de Berlanga, fue el retrato de un país desgarrado por la Guerra Civil, el reflejo de la actitud popular en este conflicto y un símbolo antibelicista, lo contrario de la salvajada que hemos podido ver en el famoso vídeo estos días.
En todo este follón han realizado declaraciones varios organismos públicos sin aportar gran cosa, entre ellos el Ayuntamiento del pueblo. Su alcalde lamenta los hechos y suprime la suelta de vaquillas en las fiestas, aunque reconoce que lo prohíbe porque es un acto que se escapa al control público, vamos que no hay medios para evitar situaciones de este tipo. ¿Cuántos municipios habrá con el mismo problema y cuántas barbaridades similares tendremos que seguir viendo por falta de medidas preventivas? Si alguien quiere mantener este tipo de festejos deben ser fiscalizados sin miramientos.

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