JUAN GAITÁN
El casi siempre terrible refranero español sentencia «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces». A lo largo de mi no corta vida como periodista he podido comprobar que muchos de aquellos personajes que gozaban de una magnífica imagen pública, que parecían simpatiquísimos, encantadores, amables y estupendos, en la intimidad se transformaban en auténticos energúmenos en cuanto alguien se atrevía a llevarles la contraria en lo más mínimo.
La desconfianza, que es la hermana fea del escepticismo (y éste, como ya habré dicho alguna vez aquí, es enfermedad profesional entre los periodistas), me hace sospechar siempre de las sonrisas tiernas, de las poses bondadosas, porque veo tras ellas la maldad como Lorca la vio en el mar, al que llamó «el Lucifer del azul. El cielo caído por querer ser la luz».
En nuestra todavía juvenil historia democrática (qué son algo más de treinta años en la edad de esta vieja piel de toro) tengo por seguro que nadie ha ganado unas elecciones, siempre las ha perdido alguien. Los españoles somos muy dados al voto de castigo, a la guantada sin mano. Ya decía el clásico aquello de «contra quién va ese halago», y por ahí todo seguido llegamos a que en las urnas nos gusta mostrar nuestro enfado, no nuestra inteligencia.
Ahora, Zapatero, que llegó al Gobierno mostrando una careta bondadosa que contrastaba con la fealdad del PP de Aznar y sus relaciones internacionales, está empezando a mostrar una faceta radicalmente opuesta a la que le llevó al poder. El hombre que prometía no tocar nunca el gasto social salvo para aumentarlo, que gritaba a los cuatro vientos su defensa de los menos favorecidos, los pensionistas y los trabajadores (públicos o no) ha olvidado sus promesas, sus palabras, y de pronto nos somete a recortes nunca antes vistos y se propone imponer una reforma laboral a base de decreto y tentetieso.
¿Es este nuestro Zapatero o nos lo han cambiado? El hombre que juró no tocar lo que para él era sagrado, ¿es el mismo que ahora entra a saco? ¿Se traiciona, nos traiciona?
La misma gente que le llevó en volandas a la Moncloa se le va a echar ahora a las calles reclamándole que cumpla sus promesas, y será la misma que le vuelva la espalda en las próximas elecciones, según pronostican ya todas las encuestas.
Zapatero se ha convertido en un cielo caído. La gente ya no ve sus ojos de hombre bueno, sino sus cejas de malvado, y ha dejado de quererle. En las próximas elecciones la mayoría de los españoles votará contra él, no a favor de otro, que apenas tendrá que hacer nada para ganar, salvo fomentar el cabreo, ese rasgo tan habitual, tan intrínseco de nuestro carácter, y que nos hace cometer enormes errores porque nunca recordamos que todo lo que empieza en ira termina, inevitablemente, en vergüenza.