Lola Clavero
Por peor que uno sea, siempre será mejor que otro. Conviene, pues, para reafirmar la autoestima, buscar a ese otro peor cuanto antes y relajarse, en lugar de andar en el esforzado estrés de emular al mejor. Es lo que suele estilar el género humano, más aún si es español, quien, como sostenía Larra, nunca ha sido un dechado de laboriosidad. La relatividad que constatan estos sólitos comentarios es, sin duda, un desahogo recurrente y generalizado, «yo seré un
inútil, pero anda que ése» o bien, «yo trabajaré poco, pero anda que aquel» –quien dice otro, dice ése o aquel, el caso es encontrar a alguien entre los demás que cargue con los defectos propios a peor–. Y ese peor, por fortuna, nunca falla, como cantaba Peret, rey de la rumba, antes de anunciar pipas en televisión, «Qué triste viviera yo, si yo fuera el hombre más feo, pero miro patrá y palante y veo a otro más feo que yo» y así con todo. Valga lo dicho para nuestra gloriosa Selección Española y sus discutidas actuaciones en el Mundial que nos ocupa. O sea, si es cierto que jugó peor que Suiza, no lo es menos que lo hizo mejor que Honduras y, en cualquier caso, si esta noche desmeritase ante Chile, siempre va a hacerlo mejor que Francia, cuyo comportamiento bochornoso en el actual torneo, incluida la derrota 2-1 ante Sudáfrica, va a ser bastante difícil de superar. Pero no imposible; por malo que sea cualquiera, nunca le falta otro peor. Como bien aseveraba ese pedazo de filósofo que era Calderón en la célebre retahíla de versos que todos nos aprendimos de chicos, antes de que la LOGSE viniese a desprestigiar la memoria, «Cuentan de un sabio que un día, tan pobre y mísero estaba, que sólo se sustentaba de unas hierbas que cogía. ¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo? Y, cuando el rostro volvió, halló la respuesta viendo que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó». Fábula moral que, para mayor beneplácito del individuo, enseña que no sólo hay siempre alguien que es peor, sino que está peor. Tal y como demuestra la última consigna del Gobierno, en esa misma línea de gratificante relatividad. Tal vez somos más pobres en renta per cápita que Luxemburgo o Alemania, pero menos pobres que Italia, lo cual quiere decir que, en cierto modo, somos ricos. Menudo alivio éste del silogismo y el desagravio comparativo; estando de por medio la grandeza de las letras y sus vericuetos dialécticos, no sé para que sufrimos con la mezquindad de los números. Y, caídos en esta cuenta, pues las cifras no parecen ser el fuerte de nuestros gobernantes, mejor será dorar la píldora con la filosofía. Por qué no, en lugar de asustar al personal en los informativos a base de estadísticas paupérrimas, enseñarles las corrientes del pensamiento universal. Un día Séneca: «No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea», otro Schopenhauer: «La ambición del hombre es no tener ambiciones», sin olvidar el toque oriental, que tanto enseña a lograr la felicidad con la renuncia a los bienes materiales. La pobreza es un estado mental, nada es lo que parece y, «a buena hambre, no hay pan duro», por no dejar atrás tampoco los tópicos de la sabiduría popular. La sabiduría tal vez no ayude a encontrar trabajo, por aquello de los licenciados en paro, pero dispone de verdaderos argumentos para el consuelo. Será por eso que la Selectividad cada día pone más fácil el acceso a la Universidad. El joven, ocupado en cultivar su intelecto, da para años de retiro cultural a salvo del paro, las manifestaciones y las huelgas generales. Eso sí, la sabiduría parece poco compatible con la economía, Grecia fue cuna de los siete sabios y así les va.
Por lo demás, pues no es cuestión de adjudicarse más decepciones a costa del balompié, preparémonos alivio para cualquier cosa que pase. Si nos ganan los chilenos, siempre podemos consolarnos pensando que son más pobres que nosotros o que, agraciado en el juego, desgraciado en amores. A la relatividad nunca le faltan muletillas y no es de recibo cifrar tantas esperanzas de desagravio en un equipo de futbolistas, por bien pagados que estén. Oigo a unos comentaristas deportivos, muy repantingados, decir que la Selección no da todo el juego que podría, pero qué piernas no se bloquean cuando soportan todas las expectativas de la felicidad patria. Tal vez si el furor patriotero amainase un poco, la Roja podría relajarse y dar de sí todo su potencial, que es mucho. Y si no ganamos, al menos, en vista de lo que llevamos de Mundial y la pereza globalizada que ha predominado en casi todos los encuentros, va a ser difícil que seamos los peores, es decir, que, de alguna manera, somos mejores en cierto modo. A falta de victoria, siempre nos quedará el silogismo. Ánimo.