Xavier Domènech
En la estación de Renfe de mi ciudad hay un andén secundario conectado al principal por un paso inferior. Pero cuando llega el tren, un gran número de viajeros desprecia el paso inferior y atraviesa las vías para ganar tiempo. Por aquel lado de la estación sólo pasan seis trenes al día, y a poca velocidad, por lo que el riesgo es mínimo... hasta el día en que ocurra algo, porque cuando se cruzan vías por donde pasan trenes, el riesgo siempre está presente. Pero hasta ahora no ha sucedido nunca nada, y los viajeros cruzan rutinariamente las vías con sensación de plena seguridad.
La misma plena seguridad que debieron sentir los pasajeros de Cercanías que la noche de San Juan atravesaron las vías de la estación Playa de Castelldefels. Allí también hay un paso subterráneo, pero era noche de verbena, medio país quería celebrarla en la playa, y de ese tren bajaron muchos más viajeros de lo habitual. Dicen que trescientos. El paso inferior se colapsó. Y muchos no tuvieron paciencia. Saltaron a las vías, y entonces llegó un tren directo a toda velocidad y los arrolló. El balance es conocido. Luego, una viajera se quejaba: «Nadie nos dijo que iba a pasar este tren».
Seguramente, la mayoría desconocía que por aquella estación pasan, al cabo del día, setenta trenes directos a toda velocidad: uno cada cuarto de hora. Seguramente, nunca antes habían estado allí y dieron por hecho que lo desconocido es inofensivo. Durante milenios, los humanos hemos desconfiado de lo que no conocemos, pero en unas décadas hemos llegado justo al contrario: a la convicción de que todo está permitido porque nunca pasa nada, y si pasa algo será culpa de alguien de arriba, que no impide nuestras temeridades. La culpa es del ángel de la guardia.
Algo muy profundo no funciona bien cuando decenas de personas saltan andenes de un metro de altura para cruzar alegremente las vías de una estación de la que no conocen el peligro. Cuando eso ocurre, cabe pensar que la prudencia, la responsabilidad, la reflexión previa a la acción, la evaluación de riesgos, el autocontrol en momentos de euforia... son aptitudes que no han sido lo bastante bien enseñadas. Y si quien educa es toda la tribu, el fracaso es también de toda la tribu.