Tribuna

Estatuto: elegir entre paz y guerra

02.07.2010 | 00:21

En relación al Estatuto hubo, desde el primer momento, dos honestos y conocidos catalanistas que afirmaron que era un gran error querer redactar uno nuevo. Fueron el historiador, abogado y político Josep Benet i Morell (1920-2008) y el catedrático, político y ex presidente del Parlament Heribert Barrera i Costa, que ahora tiene 93 años.
Ambos fueron bien explícitos. En cuanto a Heribert Barrera, lo argumentó magistralmente en un artículo de catorce páginas titulado Sobre el Estatut, publicado en la Revista de Catalunya de noviembre de 2005. Lo recomiendo del todo. Barrera mantiene el mismo criterio.
En la ERC de hoy –antagónica de la que recuperó y dirigió Barrera– no hay ni una sola persona capaz de efectuar un análisis tan lúcido y jurídicamente brillante como la que acabo de mencionar, a pesar de que el expresidente no es abogado sino doctor en Química, y en Física. Por cierto, que en las trece líneas que le dedica la versión pequeña de la muy pujolista Gran Enciclopedia Catalana (edición de 2000) omite del todo que Barrera fue presidente del Parlamento catalán (1980-1984). Siempre he creído que Pujol tiene mucho de dueño rural. Puede confundir Cataluña con una su finca.
Un amigo que comparto con Pasqual Maragall me dice que el ex presidente de la Generalitat también está arrepentido de haber asumido la idea de elaborar un nuevo Estatuto. Por otro lado, tres dirigentes de CDC me dicen por separado que todo ello ha sido un error. Preferirían que hubiera perdurado el antiguo Estatuto, el cual pudo haber sido retocado, esencialmente en el terreno económico, como ya se ha hecho, sin que fuera necesario un nuevo Estatuto. El conseller Castells tenía razón cuando dijo que no estaba preocupado por lo que decidiera el Tribunal Constitucional.
El Estatuto de 1979 comportaba un buen progreso con respecto a la lengua catalana, en calificarla de la propia de Cataluña. Esta expresión había figurado en el anteproyecto de Estatuto elaborado en Núria, en junio de 1932. Pero no fue admitida en el redactado definitivo, aprobado por las Cortes Republicanas. En 1979 se logró lo que no había sido posible en septiembre de 1932. Esto no lo dicen los de la pretendida memoria histórica, que ignoran los altibajos de todo momento histórico al sustituirlos por la investigación utilitaria (para ellos) de enfrentamientos.
El actual problema del catalán no es su reconocimiento jurídico –que parece bien claro– sino la debilidad de los contenidos actuales de la cultura catalana. Como muy bien afirmó el gran lingüista Benjamin Lee Whorf (1897-1941) «las lenguas son madres e hijas de la cultura». Hoy y aquí, la maternidad que falla es la cultura. Lo hace por razones internas catalanas evidentes, que he expuesto mil veces.
El denominador común de nuestros males culturales es el intervencionismo político con fines de control social. Aquí está la locura de las subvenciones y la perversión moral e ideológica de los medios de comunicación de la Generalitat. En particular, la comunista, castrista y chavista TV3. En el 2010, en ninguna parte del mundo, exceptuadas cuatro dictaduras comunistas agónicas, donde se puede pretender hacer tragar lo que sale en la pantalla de TV3 por nada parecido a la cultura. Esto, que es gravísimo, no es culpa del Tribunal Constitucional.
Ahora, en todo el mundo, un inmenso tema es la reducción del perímetro del Estado y la Administración. No es necesario tener más Estado ni más Administración, sino que funcionen mejor. Una buena parte de lo que ha retocado el Tribunal Constitucional iba en el sentido contrario, al incrementar la administración en relación a la ya excesiva que hoy tenemos.
He escrito, creo que argumentadamente, que el sistema judicial español ha fallado. Pero no creo que reproducir y eventualmente aumentar, a nivel catalán, los mismos defectos, como pretendía el Estatuto, fuera una solución, sino agravar el problema. En este orden de cosas, se me ocurre una reforma mejor: que los partidos y tantas instituciones dejen de ser corruptos. También hubiera estado bien que el Estatuto estuviera mejor redactado jurídicamente, no fuera tan declaratorio y no invadiera campos que, como máximo, son de orden reglamentario, o incluso de circular administrativa.
Como nota positiva, cabe destacar el tono bien apaciguador adoptado ayer por el presidente Montilla, un poco distinto del día anterior, al convocar una manifestación. En el PP parece que también hay un tono de calma. Todos los abogados sabemos que a menudo los mejores contratos son aquellos que no satisfacen del todo a ninguna de las partes.
En cambio, brama la extrema izquierda: ERC y lo que queda del PSUC. Lo hacen siempre y respecto a todo. No tienen objetivos mínimos ni sólo territoriales. Quieren cambiar, como si fuera un calcetín, todas las sociedades liberales y con economía libre. Nunca se conformarán con menos. Su fondo de comercio es el maximalismo puro, y siempre lo será. Dicen que son pacifistas, escondiendo que las guerras comienzan bastante antes del primer cañonazo.

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