El burka y los pantalones de mi madre

 

José Andrés Torres Mora
Debió de ser en el otoño de 1966, en Yunquera, en la época en que se enseran los higos. Lo recuerdo porque había acompañado a una vecina al sitio donde prensaban los seretes. Me vas a permitir, querido lector que haga un inciso. El corrector ortográfico del procesador se rebela contra el término enseran y lo señala como error. No lo es, lo podrás encontrar en el diccionario de la Real Academia, y si vas a algunos de nuestros pueblos todavía encontrarás seretes de higos secos, primorosamente hechos con pleita de palmito.
Al volver a casa de mi vecina había mucha gente en su puerta, y cuando entramos me encontré frente a una mujer joven y guapa. Me dijeron: «¿No vas a abrazar a tu madre?». En efecto, era ella. Se entiende mi parálisis si se tiene en cuenta que habían pasado dos años desde que había emigrado a Alemania con mi padre, y dos años eran la tercera parte de mi vida. Mi madre tenía entonces treinta y dos años, vestía ropa de colores y, lo que era una verdadera transgresión, llevaba pantalones. En mis vagos recuerdos, ella vestía de negro y cubría su cabeza con un velo por la muerte de mi abuelo. Así que había vuelto de Alemania una mujer bastante más joven y guapa de la que se fue.
Aquella noche volví a dormir a su lado, en nuestra casa. Al principio costaba decir nada, pero si hay algo fácil para un niño de seis años es recuperar la confianza con su madre. Así que a la mañana siguiente le plantee de frente y por derecho el asunto: «Me da vergüenza salir a la calle contigo si llevas pantalones». Mis dos abuelas vestían de negro y solían usar pañuelo en la cabeza, y aquello de los pantalones era muy perturbador. Mi madre me dijo: «En Alemania las mujeres llevan pantalones». «Pero esto es Yunquera», le contesté.
Mi madre, igual que tantas otras, no cedió. Con sus pantalones vinieron nuestros estudios, la libertad de costumbres y todas esas cosas que conocemos como modernidad. Más de tres décadas después, mi madre paseaba con una amiga por la plaza de la Cruz de Humilladero de la capital, y se cruzaron con una inmigrante de origen magrebí vestida a la usanza de su tierra. La amiga de mi madre se volvió ostensiblemente para mirarla. Mi madre le dijo a su amiga: Así se volvía alguna gente para mirarnos a nosotras cuando llegamos a Alemania con nuestros vestidos negros y nuestros pañuelos.
Que yo sepa las alemanas siguen con sus costumbres, fueron nuestras madres las que cambiaron, y al cambiar ellas nos cambiaron a todos. Nunca he visto a ninguna mujer con burka en nuestro país, sí las he visto con pañuelo y sé lo que significa, pero me parece que si un día deciden volver al suyo es mejor que lleven el recuerdo de nuestra comprensión y de nuestra tolerancia que la memoria de nuestras prohibiciones.

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