El poder del incompetente

07.07.2010 | 15:24

Leí hace unos días una interesante entrevista de Hernando Calleja en El Economista con el autor de un libro que debería ser de cabecera para muchos empresarios, políticos, gestores y, por qué no, periodistas y tertulianos de las ondas. Se llama La dictadura de la incompetencia y lo ha escrito Xavier Roig, al que se le presenta –ignoro lo que figura en su tarjeta de visita– como «tecnólogo, empresario y profesor de globalización, aunque manifiesto mi incompetencia, una más, para saber qué es esto último–. Decía el escritor Francisco Ayala que «la incompetencia es tanto más dañina cuanto mayor sea el poder del incompetente». Y esa es la clave del mal. Porque cuando el incompetente tiene poco poder, su capacidad de tocar las narices a los ciudadanos es escasa, pero cuando la capacidad de escribir en el BOE, de dictar normas de comportamiento o de influir en la masa es alto, el peligro es supremo. ¿Se les ocurren nombres? Vayan escribiéndolos, por favor.

¿El incompetente nace o se hace?, le pregunta Calleja a Xavier Roig y éste responde lo que yo me temía: «Se hace, se hace. Todo el mundo nace con las mismas posibilidades y hay un cúmulo de gente que son verdaderos expertos en no desaprovecharlas». No crean ustedes que es fácil ser un incompetente «titulado». Hay que trabajar para conseguirlo y en las empresas, la administración pública, en la política, en la vida, los peores son los que dedican tiempo –esfuerzo, no– a mejorar sus niveles de incompetencia. Los incompetentes están generalmente al lado de personas que ejercen su trabajo con esfuerzo, dedicación y voluntad de mejora. Y casi siempre, los incompetentes viven mejor que los que trabajan. Como no es posible sacar resultados de ellos, los jefes cargan la tarea de éstos a los que trabajan y unos curran y otros no, pero ambos cobran lo mismo.

En la política, los incompetentes ocupan cargos de diputados, directores generales y hasta ministros, sin que nadie les diga que no sirven para lo que hacen. Decía Lawrence Johnstone, un profesor y escritor canadiense, que «en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia». En la política hay algunos ejemplos –vuelvan a escribir los nombres que quieran– de que algunos ascienden por encima de su nivel de incompetencia. Roig dice que en el sector público la incompetencia es más difícil de evaluar que en el sector privado, donde hay que dar resultados y beneficios. Pero los políticos tienen, además, otra ventaja: la culpa de lo que sale mal siempre es ajena. Confucio escribió hace miles de años: «Arréglese el Estado como se conduce la familia: con autoridad, competencia y buen ejemplo». Los hombres eran iguales en su época que en la nuestra, pero los niveles de incompetencia pueden crecer siglo tras siglo. A pesar de todo, los países sobreviven a los incompetentes. Es una esperanza.

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