Jubilarse para morir

08.07.2010 | 02:50

La Comisión Europea propuso ayer retrasar la edad de jubilación hasta los setenta años. Es una vuelta más de tuerca que propone a los socios comunitarios en el duro plan de ajuste provocado por la crisis económica. Según los «sabios» de Bruselas sólo la prolongación de la vida laboral permitirá salvar las pensiones del futuro, que serán insostenibles por la baja natalidad que se da en Europa y el aumento de la esperanza de vida.
Y tienen razón. Los europeos vivimos más años, pero ¿en qué condiciones? El siglo XXI iba a ser el de la investigación y los avances en las enfermedades del cerebro. Sin embargo la crisis recorta también los fondos destinados a la Ciencia y a la investigación. Mientras, enfermedades como el Alzheimer se ceban con los longevos ciudadanos occidentales haciendo que su prolongada vejez se convierta en un infierno.
Quiere esto decir que, de producirse la jubilación a los setenta años, dada la incidencia de las demencias seniles a partir de los ochenta, a los europeos les quedarían diez años de vida en condiciones aceptables para disfrutar del «júbilo» de no trabajar.
Toda una vida esforzándose para jubilarse y morir. Eso, los que tengan la suerte de tener un puesto de trabajo, porque resulta harto difícil que algún empresario quiera contratar a un señor de más de sesenta años. Los otros, los parados, o pagan de su bolsillo la cotización como autónomos, en la cuota más alta, o además de viejos serán indigentes.
Este es el alentador panorama que se describe desde el Ejecutivo comunitario. Pero a ninguno de sus miembros se les ocurre ofrecer otra solución imaginativa, que implique reducción de los inmensos gastos que supone la burocracia de Bruselas, un recorte de sus magníficos salarios, una implicación de la Banca europea en un plan conjunto de pensiones complementarias. O una política única y común a todos los Estados miembros de ayuda a la natalidad y a los jóvenes, dado que uno de los problemas detectado hace ya casi un decenio es la falta de relevo generacional que, ni siquiera la inmigración, consigue subsanar.
Para eso no hay propuestas. Para recortar los beneficios bancarios las dificultades de aunar voluntades son inconmensurables pero, eso sí, para tocar derechos laborales seguro que el consenso no tarda en llegar.
¡Larga vida a los trabajadores!

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