La Roja y el debate identitario

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Juan Antonio García Galindo Pocas veces un estado de ánimo se ha hecho colectivo con tanta intensidad. El fútbol siempre ha sido un deporte que ha despertado pasiones en las multitudes, y que ha servido de catarsis para los espectadores ávidos de desahogo de sus propias inquietudes individuales. No hay espectáculo comparable. En el terreno de juego no solo se dirime el resultado de un partido, sino la victoria moral de sus espectadores, los aficionados de uno y otro equipo. Lo que está en juego es también la descarga emocional de los aficionados, que puede ser satisfecha o nuevamente reprimida. El fenómeno fans adquiere una dimensión extraordinaria en el fútbol, porque su identificación con unos colores puede llegar al paroxismo, pero es también catalizador de una sociedad. Y su influencia social es hoy más evidente que nunca, así como su indudable repercusión política, hasta el punto de que hoy no es políticamente correcto manifestar que el fútbol no te gusta o no te interesa.
Sin embargo, la gesta de la escuadra española ha suscitado un gran debate mediático en torno a la unidad del país, porque ha servido de factor de cohesión de la idea de España, algo que tiene ya de hecho una enorme trascendencia. No hay medio de comunicación que no se haya hecho eco del excelente juego que ofrece nuestra selección. Son los ciudadanos los que repiten una y otra vez que lo que no ha conseguido la política lo ha conseguido el fútbol. Haber llegado hasta la final del Mundial ya es una proeza. Su juego brillante, cooperativo, poderoso en la defensa y ágil en el ataque, han despertado las simpatías de españoles y foráneos. La Roja es España sobre el terreno de juego, y los españoles hemos decidido olvidar nuestras diferencias políticas para sentirnos parte integrante de un mismo equipo, para identificarnos con él, para sufrir y para alegrarnos con ellos. ¿Por qué no sentir así ante otros acontecimientos más importantes? Es cierto que la victoria de España en el mundial traerá consigo, de producirse, un clima de confianza en nuestro país, que tendrá repercusiones sociales y económicas positivas. La misma confianza que actúa sobre la Bolsa cuando ésta sube. Esta tendencia alcista que actúa ya sobre nuestro estado de ánimo, ayudada por la amplificación de los medios de comunicación, debe servirnos para reflexionar sobre nuestra propia mentalidad colectiva. El fenómeno de las banderas constitucionales que adornan por doquier todos los rincones de España, algo frecuente en muchos otros países, y donde no nos resulta nada extraño, ha despertado una conciencia común que es reflejo de un modelo de convivencia bien entendido por nuestra sociedad. Sentirse parte de una misma comunidad. Síntoma inequívoco de que la sociedad y la política pueden estar discurriendo por lugares diferentes, sobre todo aquellos discursos nacionalistas que en España airean sus particularismos como reivindicaciones de un nacionalismo que no es consciente de sus limitaciones. Curiosa paradoja la actitud del nacionalismo catalán, que por cierto siempre ha querido intervenir en la política española, ante la sentencia del Estatuto, mientras sus jugadores defienden la camiseta de España y son vitoreados en las calles y plazas de las ciudades catalanas. Es cierto que los medios de comunicación ha mundializado el fenómeno del fútbol de tal manera que no hay lugar en el mundo donde no se practique el deporte rey, y que no nos debemos dejar envolver por el espejismo de este fenómeno tan bien orquestado. Distingamos entre el deporte y el negocio. Disfrutemos del primero y seamos críticos ante el segundo, pero animemos a La Roja porque estaremos apoyando a unos colores que hoy están haciendo que nos sintamos orgullosos de ser españoles, miembros de una nación con una historia que ha aportado mucho a la civilización contemporánea, y que pese a ello ha arrastrado un gran complejo de inferioridad durante épocas.
Seguro que algún lector pensará que exagero, que la realidad es que hablamos solo de deporte, de un juego, y que no hemos de confundir política y deporte. Es indudable. Pero la relación entre el deporte de masas y la política es también un hecho incuestionable, que tiene ejemplos significativos a lo largo de la historia. Éste no es un caso aislado. Ni el único. Ni el último. En todo caso, yo me quedo en esta ocasión con ese estado de ánimo creado por nuestro equipo de fútbol nacional, porque ha demostrado que la voluntad de ser está por encima de las exclusiones que se encierran detrás de algunas opciones nacionalistas. El deporte en esta ocasión le ha ganado la partida a la política, y con un poco de suerte ganará también el partido que nos convierta en campeones del mundo. Y si es así ganará también España.

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