La crisis (1)

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Rafael Esteve Secall Es sabido que las victorias tienen todos los padres del mundo y las derrotas no hay quien las apadrine salvo los entrenadores de los equipos de fútbol. Y cuando se habla de la crisis por antonomasia que estamos padeciendo, cuya causa desencadenante es evidente –la sirvengonzonería de un amplio puñado de financieros de Wall Street-, todos tratan de culpabilizar a los demás. Pero siendo verdad lo anterior, no menos cierto es que ha habido comportamientos, decisiones, actitudes irresponsables de casi todo el mundo (instituciones financieras públicas y privadas, autoridades económicas, empresas, individuos…; sí, también los consumidores nos hemos comportado irresponsablemente) de forma que, en cierta medida, todos nos podemos considerar cómplices de la misma. Evidentemente no en el mismo grado, pero tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Ya iremos desgranando en lo sucesivo su examen.
Por otro lado, si lo que se ha escrito y se sigue escribiendo al respecto es ingente, muy poco se ha dedicado a lo que, en mi opinión, es la esencia de la crisis: la creciente vulnerabilidad del sistema capitalista derivada del descomunal crecimiento del sector financiero.
Porque las finanzas sirven fundamentalmente para facilitar la actividad económica «real», para hacer que funcionen los mercados «reales», es decir la producción y el consumo de bienes y servicios necesarios para satisfacer las necesidades humanas, también lógicamente a escala macroeconómica de países. La actividad financiera, en esencia, facilita el intercambio de los recursos de capital que a unos les sobran y otros necesitan, transformando los depósitos monetarios a corto plazo en préstamos a largo plazo, etc. Es decir que esos mercados deben su existencia al servicio que prestan a la actividad económica «real».
Sin embargo, su anormal desarrollo y crecimiento se han hecho absolutamente independientes de la actividad económica real. La más elemental lógica económica implica que tenga que existir una relación más o menos constante entre el volumen de la actividad económica real y el de la actividad financiera; pero no es así. Hace unos meses leía en la prensa especializada que, en no recuerdo qué departamento universitario especializado en estos temas, se estimaba que el volumen neto de movimientos financieros mundiales era cien veces superior al de la economía real. Es decir que multiplicaba por cien el conjunto de la producción mundial de bienes y servicios «reales». Y la tendencia era a seguir aumentando esa proporción.
Y eso es un disparate al que hay que poner coto (por ejemplo metiendo mano real a los paraísos fiscales, estableciendo algún impuesto a esas transacciones financieras, acabando con el malentendido secreto bancario de algunos países, …, es decir controlando unos movimientos de capital cada vez mayores y más descontrolados); porque si no se acaba con la impunidad de los especuladores financieros, el sistema –cada vez más inestable- no va a aguantar. La simple aceleración de las crisis financieras es la más palpable manifestación del problema. Basta con comprobar su creciente número, la aparición sucesiva de «burbujas» especulativas cada vez más próximas en el tiempo unas de otras y su cada vez mayor impacto en la economía real para intuir que la cosa va mal. Desde que se desencadenó la crisis hace dos años, ha habido por lo menos dos momentos muy críticos para el sistema.
Ciertamente las «burbujas» son endémicas al sistema, pero hasta hace unos veinte años han estado más o menos controladas por las autoridades económicas nacionales e internacionales. Sin embargo, el hecho de que cada vez un mayor porcentaje del capital mundial esté a salvo de controles estatales y consiguientemente sea inmune a las políticas monetarias de los estados, su dimensión, su «escape» de los controles monetarios internacionales, hacen que o controlamos de verdad el sector financiero mundial o éste dará al traste con el sistema.

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